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En junio de 1969, Witold Gombrowicz, casi agónico por sus males respiratorios y cardiacos desde el último invierno, continúa con su Curso de Filosofía en seis horas y cuarto, impartido a su esposa Marie-Rita Labrossé y sus amigos Constantin Jelenski y Dominique de Roux como un último, entusiasta esfuerzo intelectual del ser humano y escritor en sus días finales.
El existencialismo tuvo gran importancia para el original escritor polaco-argentino y sin duda representó una influencia no sólo durante sus estudios de filosofía en Varsovia a mediados de los años treinta, sino tiempo después, en la Buenos Aires de los años cuarenta y cincuenta, cuando Witold profundizó en su escritura novelística, en la cual puso en práctica algunas ideas definidas luego como claramente existencialistas.
Gombrowicz se refiere en particular a la coincidencia de El ser y la nada, de Sartre, con la apuesta literaria de su novela Ferdydurke, respecto a la conciencia del hombre como creadora y moldeadora de la experiencia: por tanto, esa forma creada no puede ser verídica, veraz ni auténtica de la realidad, sino una percepción creada por la conciencia.
“Soy consciente de esta pintura, mi conciencia no está sólo en mí, está (al mismo tiempo) en el cuadro (objeto de la conciencia). La conciencia está por así decirlo, fuera de mí. Cuando leí esto en El ser y la nada lancé un grito de entusiasmo”, dice Gombrowicz, “puesto que es justamente la concepción del hombre la que crea la forma que no puede ser auténtica de verdad”. Y luego añade: “Por suerte, Ferdydurke apareció en 1937 y El ser y la nada en 1943. He aquí por qué alguno me atribuye en su bondad el haber anticipado el existencialismo.
Con todo, para Gombrowicz el existencialismo, esa experiencia creadora de la forma de la realidad, no hubiera sido posible sin la fenomenología. Por eso abunda en:

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Edmund Husserl y la fenomenología

Escribe Gombrowicz: “El existencialismo aspira a ser sobre todo una filosofía de lo concreto”, e inmediatamente añade, “pero se trata de un sueño; con la realidad concreta no pueden hacerse razonamientos. Los razonamientos usan siempre conceptos, etcétera. El existencialismo es, por tanto, un pensamiento trágico, pues no puede bastarse a sí mismo, tiene que ser una filosofía concreta y abstracta al mismo tiempo”.
Luego puntualiza sus ideas de los conceptos y lo trágico: “El asunto es extremadamente serio y hasta trágico para la mente, pues razonamos con conceptos, por tanto, con abstracciones. Trágico porque el razonamiento puede hacerse sólo a través de los conceptos. ¿Cómo son posibles en estas condiciones un razonamiento existencialista o un sistema filosófico como el de Heidegger o el de Sartre?”, se pregunta Gombrowicz.
Y se responde: “Es entonces cuando aparece Husserl (Edmund Gustav Albrecht Husserl. Prossnitz, hoy república Checa, 1859-Friburgo, 1938). Husserl hace posible el existencialismo, puesto que su método fenomenológico consiste en las investigaciones de la verdad entendida como esencia. Es una descripción de nuestra conciencia. El método fenomenológico de Husserl consiste en la depuración y clasificación (taxonomía) de los fenómenos de nuestra conciencia. Husserl tuvo como alumno preferido a Heidegger, pero nunca le perdonó a éste que se aprovechara de su método fenomenológico para fines completamente diferentes, creando así el primer sistema existencialista”.

¿Por qué el método fenomenológico?
Es una nueva reducción del pensamiento, que ya había sido reducido por Descartes, Feuerbach y otros (tal como siempre ha sido el proceso de evolución de las ideas filosóficas: una reducción de su campo de interés). Dice Gombrowicz: “Os ruego que no olvidéis que ésta es una manera en extremo rudimentaria de presentaros la fenomenología”. Y luego precisa:

La reducción del método fenomenológico consiste en lo siguiente: Husserl dice: puesto que no podemos decir nada del noúmeno (cosa en sí), lo ponemos entre paréntesis; es decir, de lo único que puede hablarse es de los fenómenos. El noúmeno es, por ejemplo, esta silla tal y como es verdaderamente, y el fenómeno es la silla tal y como la vemos —o vista por una hormiga—, condicionados por nuestra posibilidad de ver. Esto no concierne sólo a nuestras facultades físicas de recepción, sino también a las facultades de la mente, pues siguiendo a Kant, el tiempo y el espacio también provienen de nosotros y no del objeto en sí.
Husserl dice: puesto que no podemos saber nada del noúmeno, lo pongo entre paréntesis. (¡Y lo mismo hace con Dios!). De la existencia de Dios, no sabemos nada. Husserl pone entonces entre paréntesis el mundo y todas las ciencias que conciernen al mundo (biología, física, historia). Puso entre paréntesis a Dios y a las ciencias. ¡Podéis imaginar las extraordinarias consecuencias de ver todo a través del método fenomenológico!

Continúa Gombrowicz: “Ay, que no sé si existe mi Isa (una de sus amigas asistentes a las lecciones), ¡tengo una idea de Isa en mi cabeza! Y de igual forma, yo no he nacido nunca. De ningún modo nací en 1904. Sólo sé que tengo en mi conciencia la idea de mi nacimiento en 1904, y la idea misma de 1904, es decir, de todos los años pasados. Con el método fenomenológico, ¡todo ha cambiado de una manera demoniaca! Esto cambia el universo”.
Ante el cambio demoniaco, Gombrowicz resume:
“No hay otra cosa más que un centro definitivo, que es la conciencia y lo que pasa en la conciencia. La conciencia está evidentemente sola. La posibilidad de otras conciencias no existe. La vida no es más que un dato de la conciencia. De igual forma, la lógica, la historia, mi porvenir, no son nada más que datos de mi conciencia a la que ni siquiera puedo llamar «mi» conciencia, puesto que «mi» conciencia no es sino un dato en «la» conciencia definitiva. Todo queda reducido a fenómenos en mi conciencia”.

¿Cómo puede hacerse filosofía en tal situación?
“A esta conciencia definitiva no le queda otro remedio que «juzgarse» a sí misma. Como la conciencia es consciente de algo, pues bien, es consciente de sí misma. Para decirlo de una manera rudimentaria: La conciencia se separa en varias partes. Hay una primera y una segunda y una tercera conciencia que juzga a la anterior. Husserl formula aún otra ley de la conciencia, llamada la intencionalidad de la conciencia. Es decir: la conciencia consiste en ser consciente. Pero para ser consciente, hay que ser siempre consciente de alguna cosa, y esto significa que la conciencia nuca puede estar vacía, separada del objeto”.
Esto nos lleva a…

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Sartre, la náusea ante la nada

Vamos directamente a la concepción del hombre de Jean Paul Sartre (París, 1905-1980), quien dice que el hombre no es un ser en sí, como lo son los objetos, sino que es un ser para sí, que es consciente de sí mismo. Lo cual conduce a una concepción del hombre separado en dos, con un vacío. Por esta razón el libro de Sartre incluye el nombre de la nada. Esta nada es una especie de surtidor, de Niágara que va siempre del interior al exterior.
Por ejemplo, soy consciente de este cuadro, mi conciencia no está sólo en mí, está en el cuadro (objeto de la conciencia). La conciencia está por así decirlo, fuera de mí.
El método de la fenomenología de Husserl hizo posible la filosofía existencial. Pero a decir verdad, el existencialismo no puede dar lugar a ninguna filosofía, pues propone: Yo soy único, concreto, independiente de toda lógica, de todo concepto.
Se pregunta Grombrowicz:
¿Qué hacer en esta situación?
¿Ser crucificado como Jesucristo?
¿Perdido en su dolor?
Vivimos solos, morimos solos.
Impenetrable.

Esta “angustia filosófica”, detectada por Gombrowicz, avanza valorando el método fenomenológico, porque con él podemos organizar los datos de nuestra conciencia referidos a nuestra existencia. La fenomenología es un descenso hasta la noción más profunda, la última, del fenómeno, y entonces, cuando está depurado, uno se lanza sobre él y lo engulle mediante una intuición directa. La intuición es un saber directo, sin razonamiento. Así, el existencialismo es la descripción más profunda y definitiva de nuestros datos referidos a la existencia.
Seguimos con Grombrowicz: Sartre tomó prestado mucho de Heidegger. Heidegger es más creador que Sartre, pero, otra diferencia profunda entre el existencialismo y la filosofía precedente es que la filosofía clásica es más bien una filosofía de las cosas, en la que incluso el hombre era tratado un poco como cosa, mientras que el existencialismo aspira a ser un filosofía del SER. Cada objeto es a la vez objeto más ser
Si bien es cierto que esta diferencia ha existido casi siempre en la filosofía, incluso en la filosofía del devenir de Hegel, el existencialismo se ha concentrado en esto y en un solo tipo de SER, que es precisamente la existencia.
Aquí la clasificación del SER de Sartre, el tema de El ser y la nada, es prácticamente la siguiente:
1. El Ser en sí (ser de las cosas).
2. El Ser para sí (ser de la conciencia muerta. Ser independiente de esto).
3. Seres vivos y seres existentes.

La palabra «existencia» significa sólo existencia humana consciente y solamente en la medida en que se es consciente de la existencia. Los hombres que viven de forma inconsciente no tienen existencia. El SER en sí no puede ser ni creado por alguien ni activo o pasivo (dado que estas son ideas humanas). Es como es, es todo cuanto puede decirse, es inmóvil; no está sujeto a la creación y a la temporalidad y no puede ser deducido de ninguna cosa (como creado por Dios)
Ser en sí: un ser del que no puede afirmarse nada sino que es en sí tal como es (un poco como Dios). En cambio el SER para sí, la existencia humana, es secundaria comparada con el Ser en sí. Por ello es de alguna manera inferior al Ser en sí.
El Ser para sí tiene en sí el vacío, ese vacío o esa «nada» sartreana. El SER en sí no puede desaparecer. Es independiente del tiempo y del espacio. Es como es, nada más.
Mientras que la existencia, el SER para sí, es un ser limitado que tiene un final, que muere. (Así al menos se presenta nuestra existencia ante nuestra conciencia).
Pero entonces ¿qué es el hombre como Ser para sí o existencia?

1. El hombre es una cosa, puesto que tiene un cuerpo y solamente así, como cuerpo, puede estar en el mundo. Sartre dice muy subjetivamente que el hombre como cuerpo está de más. Provoca náuseas. De ahí el título de su libro La náusea.
2. El hombre es una cosa porque es un hecho (facticidad).
3. El hombre es una cosa por su situación; esto es lo que lo priva de su libertad.

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La libertad
He aquí la famosa cuestión de la libertad que hace que seamos responsables de nosotros mismos. Tenemos así dos sentimientos contrarios: Por una parte, somos tan sólo el efecto de una causa. Por otra parte, estamos absolutamente seguro de ser libres.
Hay otra cosa: en cuanto al pasado nos sentimos sometidos a la causalidad, mientras que el porvenir parece depender de nosotros mismos. Por esto decía Heidegger que el tiempo existencial es el futuro. Por tanto, puede afirmarse que la libertad es propia solamente de la existencia, mientras que la causalidad es lo propio del Ser en sí.
Entre la manera de ver al hombre como objeto, desde el exterior, propia de la medicina, la psicología, la historia, etcétera, y la del existencialismo, que consiste en sentir, por así decirlo, desde dentro, en su ser, hay un ABISMO. El existencialismo es la subjetividad. Personalmente, soy muy subjetivo y me parece que esta actitud corresponde a lo real, precisa Gombrowicz.
El hombre subjetivo / El hombre concreto. Pero un hombre real. No un concepto del hombre, sino Pedro o Pablo, pues (como ya vimos) el concepto de hombre no existe, dice Kierkegaard.
A causa de ello, al existencialismo le resulta monstruosamente difícil hacer razonamientos, pues los razonamientos se basan en conceptos, y esto fue posible sólo gracias a la traición de Heidegger (a Husserl) que se adueñó del método fenomenológico.

El hombre, este ser para sí, está dividido en dos (con una abertura). Es en esta nada, en este vacío (esta abertura), donde se introduce la noción de libertad. La libertad tiene un papel enorme en Sartre porque es el fundamento de su sistema moral. Sartre es un moralista.
Es curioso que en la filosofía francesa se produzca de nuevo la misma desviación observada por Husserl en Descartes, quien de una forma categórica en extremo reduce el pensamiento a la sola descripción de la conciencia, pero de repente, aterrado ante la aniquilación de Dios y del mundo, se traiciona a sí mismo. Reconoce la existencia de Dios. Y de inmediato deduce de la existencia de Dios, la existencia del mundo.
En el caso de Sartre nos la tenemos que ver, a mi juicio, con la misma cobardía. En El ser y la nada hay hasta unas quince páginas en las que Sartre hace esfuerzos dramáticos por fundar lógicamente un fenómeno que parece por completo evidente: la existencia de otro hombre distinto de «mí».
Sartre analiza todos los sistemas: Kant, Hegel Husserl; y demuestra que ninguno de estos tiene posibilidad alguna de reconocer al otro. Porque ser hombre es ser sujeto. Es tener una conciencia que reconoce todo lo demás como objeto. Pero es imposible ser a la vez sujeto y objeto. Aquí es donde Sartre se asustó. Su moral tan extremadamente desarrollada se niega a admitir que no haya otros hombres porque, si el otro es objeto, ya no hay deberes morales.
Sartre, siempre desgarrado entre el marxismo (científico) y el existencialismo (lo contrario) se asustó igual que Descartes y declaró simple y honestamente que, aunque sea imposible reconocer la existencia del prójimo, no hay más remedio que reconocerla como una evidencia que salta a la vista (aunque sea el infierno de los demás).

Gombrowicz es tajante en su visión de este existencialismo, moralismo, marxismo sartreano, escribe: “Aquí naufraga de forma dramática toda la filosofía de Sartre, todas sus posibilidades creadoras, y este hombre, dotado de un genio extraordinario, se convierte en un simple bonachón (marxismo-existencialismo) que, en el fondo, está obligado a hacer una filosofía de concesiones. Su pensamiento se convierte en un compromiso entre el marxismo y el existencialismo. A partir de ese momento cada uno de sus libros se convierte en la base de un sistema moral en que todo sirve para sostener una tesis ya concebida de antemano sobre la base de la libertad sartriana.
Debido a la pérdida de la noción de Dios y la nulidad de límites morales, “yo soy libre, me siento libre, por tanto tengo siempre la posibilidad de elegir. Nos convertimos en creadores de valores y en ese sentido podemos hacer lo que queramos”, sin consecuencias.

Aquí creo reconocer en la filosofía un exceso de intelectualismo y la decadencia (el debilitamiento) de la sensibilidad, finaliza Gombrowicz.
“Los filósofos, salvo Schopenhauer, parecen personas cómodamente sentadas en sus poltronas y que tratan del dolor con un desprecio absolutamente olímpico, desprecio que desaparecerá cuando vayan al dentista y comiencen a gritar: “¡Ay!, ¡ay doctor!”.

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