gONZÁLEZ DE aLBA

Los días, los libros, los años, la vida

En 2008, en víspera de conmemorarse los cuarenta años del movimiento estudiantil-popular de 1968, Luis González de Alba publicó dos libros bajo el sello Planeta. El primero fue la edición definitiva y revisada por él de Los días y los años, celebrada como “la novela del 68” por su emotivo relato desde adentro del movimiento estudiantil y de los años de cárcel en Lecumberri. El otro libro fue su nueva novela Otros días otros años, una evocación de aquel tiempo pero ya contrapunteada con el presente del autor y con un intermedio temporal donde narra los años de exilio en Santiago de Chile y París.

El contraste entre las dos novelas, en medio de las celebraciones de los cuarenta años del movimiento, me pareció un ejercicio crítico interesante. El editor, escritor y buen amigo Rogelio Villarreal publicó entonces mi nota en el número 17 del quinto volumen de su revista Replicante (invierno 2008-2009), luego de una meticulosa revisión por parte del propio Luis, quien, obsesivo como era para estas cosas, me sugirió un par de enmiendas de concordancia y la precisión de algunas fechas.

Hoy, cuando Luis tomó la soberana decisión de quitarse la vida, nos conviene regresar a sus muchos libros para recuperarlo a plenitud, y como me fue imposible hallar la nota en internet, decidí subirla a mi blog con esa intención de recuperar al narrador y con la voluntad de llevar a los lectores de vuelta a la primera novela Luis González de Alba.

 

González de Alba: narrar contra los mitos del 68

Escribo estas notas a principios de septiembre de 2008, cuando se ha iniciado ya una serie numerosa de actividades y actos conmemorativos del cuarenta aniversario del movimiento estudiantil popular de 1968. Con seguridad la culminación de la remembranza ocurrió ya el 2 de octubre con el tributo a los estudiantes fallecidos ese trágico atardecer y la reiteración de reclamos de justicia y de castigo a los ¿culpables? Exigencia inútil si no imposible luego del desaguisado político y el dispendio millonario de recursos públicos logrados por la Fiscalía encargada de perseguir esos delitos, o más bien por quien la encabezó desde 2001, Ignacio Carrillo Prieto, un oscuro burócrata investido de inquisidor infalible y hoy convertido en desprestigiado fiscal. Sus errores, abusos y prepotencia incluyeron pago a testigos, alteración de varias declaraciones, fabricación de pruebas, personales afanes vindicativos y acusaciones tan absurdas e improcedentes como la de “genocidio”, dirigidas a varios funcionarios y al mismo ex presidente Luis Echeverría.

Todo ello culminó en un callejón sin salida en 2006, con la disolución de la Fiscalía, la entrega de un informe defectuoso y la subsecuente imposibilidad de establecer una “verdad histórica” sobre el movimiento y su represión, la cual daría satisfacción a muchos y acaso cerraría en definitiva esa doloroso capítulo de nuestra historia.

También hay otros tantos ya hartos del cíclico retorno al tema y sus personajes, y por ello exigen hacer a un lado a quienes aún medran o “siguen viviendo profesionalmente” de la memoria de lo ocurrido. Cuando esta notallegue al lector, las celebraciones, los aniversarios y acaso también la discusión sobre el proceso del movimiento de 1968 habrán bajado de tono o desaparecido sin mayores resultados.

 

Aquellos días

Uno de los protagonistas centrales del movimiento de 68, Luis González de Alba, fue representante de la Facultad de Filosofía en el Consejo Nacional de Huelga y preso político durante casi tres años a consecuencia de su participación en aquellos hechos. En octubre de 1970 finalizó en Lecumberri el libro considerado “la novela del 68”: Los días y los años. Este 2008 editorial Planeta publicó “la edición definitiva y revisada por el autor” de este relato, el más puntual y detallado existente sobre aquellos días. Planeta acompañó además la edición con la publicación de la novela más reciente de González de Alba, Otros días, otros años, donde el relato transcurre en tres tiempos paralelos: el presente del escritor, el pasado del movimiento y los años de prisión, y un pasado intermedio de exilio en París al inicio de los años setenta.

Los días y los años es una novela dilatada (238 páginas con trece capítulos, sin pausas, a renglón seguido y con tipografía de doce puntos en su edición reciente), un tanto difícil, una suerte de rompecabezas armable por el lector por sus ejes intercambiables (la cárcel, la cronología del movimiento, la vida personal, el pasado del protagonista), sus informativas digresiones, su pormenorizado recuento de hechos, sus viñetas múltiples. La publicó Era en febrero de 1971 con su memorable portada de un dirigente estudiantil arengando a la multitud desde el techo de un automóvil. Para diciembre de ese año había alcanzado siete ediciones de cuatro mil ejemplares cada una. A la fecha es uno de los libros más vendidos de ese catálogo.

En 1986 fue publicada también en la segunda serie de la colección Lecturas Mexicanas, cien mil ejemplares editados por la Sep. Finalmente, esta edición 2008 de Planeta se anuncia como revisada y definitiva. “Sin que haya realizado correcciones sustanciales; traté de no hacerme trampa, corregí sólo detalles mínimos, erratas o palabras que se capturaron de forma equivocada, sólo eso”, declaró González de Alba (MILENIO Diario, 30-08-2008).

Frente a la recopilación coral de voces realizada por Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco (1971); y la recuperación y descripción de hecho realizada por Carlos Monsiváis en Días de Guardar (1970), la novela de González de Alba ofrece la mayor de las ventajas: es un relato desde adentro, verídico, vívido, real. No ofrece la visión heroica romántica de Poniatowska, ni la épica social irrefutable de Monsiváis. En Los días y los años los personajes no son “los estudiantes”, “la masa”, “la multitud” en abstracto, las voces corales y los testimonios periodísticos o de oídas.

Aquí los personajes son el Pino, el Búho, Sócrates, Gilberto Guevara, Perelló, Pablo Gómez, Raúl Álvarez, Pepe Revueltas, el mismo Barros Sierra, los “escamados peces” del Partido Comunista, los Comités de Lucha, los integrantes del Consejo Nacional de Huelga, todos inmersos en una agitación y movilización social un tanto confusa, con maratónicas y a veces aburridas asambleas y lentísima toma de decisiones, pero cuya dirigencia centralizada en el CNH impedía desviaciones, corrupción, cooptación.

Un logro mayor de la narrativa meticulosa, puntual de González de Alba, es transmitir la temperatura emocional de esos días (la toma de la Universidad y sus consecuencias, los múltiples enfrentamientos callejeros como una creciente Intifada), ante la mentalidad de prohibiciones imperante: “Había prohibición de cómo vestirte, cómo dejarte el cabello; no había conciertos de rock, las películas eran censuradas (…). Y en el movimiento estudiantil todo el mundo, de izquierda o derecha, encontró esa libertad que nunca había sentido”.

Ante la violencia iniciada por las fuerzas policiacas y en demanda de un pliego petitorio de seis puntos mínimamente civilizados, los estudiantes se movilizaron hasta tornarse un desafío organizado y armados con palos, piedras, bombas molotov y cohetones lanzados por un tubo.

A cuarenta años de los hechos el dilatado relato abunda en detalles y precisiones sobre los sucesos. Las primeras causas, la violencia policiaca, la organización universitaria y politécnica, la formación del Consejo Nacional de Huelga, las diferencias entre los grupos de izquierda. También la alegría de las marchas, las posibilidades de negociación, el papel de los diversos líderes, la descripción verídica de los hechos del 2 de octubre. Todo intercalado en la narración de la dura vida en Lecumberri, pero sin victimización ni lamento, tal como lo reitera en la citada entrevista González de Alba: “No estábamos en la misma crujía (…), esa separación, alejados los estudiantes de los presos comunes, nos salvó de conocer la verdadera cárcel, la de las pandillas, los asesinatos en la madrugada por cuestiones de drogas o celos, ese ambiente que describe Revueltas en El apando”.

Una de las afirmaciones más nítidas de González de Alba, protagonista del mitin del 2 de octubre en Tlatelolco junto con los representantes del CNH reunidos en el edificio Chihuahua, sigue provocando irritación en algunos: “cuando doy mis números son muy mal recibidos”. El autor insiste en la falta de certeza respecto al número de muertes, que va de los miles reportados por Oriana Fallaci, a los 325 señalados por la prensa internacional o a los 38 enlistados en el monumento conmemorativo. LGA apuesta a los menos y señala la balacera como producto de una confusión entre el Ejército y el Batallón Olimpia, pues actuaban bajo órdenes distintas e incluso se dispararon entre ellos. El Olimpia era parte del Estado mayor presidencial y había sido organizado como cuerpo de vigilancia para los Juegos Olímpicos. El 2 de octubre tenía órdenes de aprehender a los miembros del CNH, pero los integrantes del Batallón dispararon al aire y hacia abajo por sobre la multitud desde el tercer piso del Chihuahua, ante lo cual el Ejército respondió con la multitud de por medio. “Si hubieran querido matarnos lo hubieran hecho”, dice González de Alba, y añade: “…de cualquier forma con un muerto, diez o treinta, fue una masacre, un crimen de Estado”.

Para quien quiera revivir palmo a palmo aquellos días aguerridos y agotadores, aquí está Los días y los años en nueva edición. Relato narrativo desde la cárcel, donde también se suceden las agresiones, las solidaridades, los motines, las depresiones del encierro, la alegría de las visitas y la camaradería entre iguales.

De esta novela su autor cedió gustosamente varias cuartillas, declaraciones y párrafos a Elena Poniatowska para ser utilizados en La noche de Tlatelolco. Sin embargo, años después exigió precisiones a los textos tomados de su libro, además de respeto a los personajes y sus palabras, pues en el libro de Poniatowska habían sido mal registradas o acreditadas equívocamente. La corrección de quinientas palabras zanjó el asunto, pero la problemática suscitada en 1997 implicó posiciones radicales. Hubo quienes atacaron a LGA por su exigencia, incluso quienes la tomaron a mal, como una reclamación de autoría y regalías o una acusación de plagio enderezadas a un libro mítico y a una autora emblemática de la izquierda mexicana. El asunto se le cobró al autor de Los días y los años con la censura y su forzada salida del periódico La Jornada. A su vez, Elena Poniatowska renunció al Consejo Editorial de Nexos, pues la revista publicó las aclaraciones de González de Alba censuradas en La Jornada. (El relato completo de este desencuentro puede consultarse en Internet).

 

Otros días

Otros días, otros años es la novela reciente de González de Alba, donde reitera su visión de los hechos sucedidos en 1968, recuenta con pluma suave lo acontecido después en Lecumberri, y añade además información íntima de un enamoramiento inusitado y sus consecuencias en el tiempo, historia soslayada en aquel primer libro centrado entonces en la agitación estudiantil, las movilizaciones y protestas, más los hechos primordiales sucedidos en la cárcel. Con una prosa mucho más efectiva y fluida, ensambla también el relato de una historia intermedia: su salida de la cárcel, condicionada a su forzoso abandono del país, y su posterior vida en París a mitad de los años setenta, cuando la bohemia, la amistad y el amor renacieron con fuerza tras el encierro carcelario.

La vieja canción de Mary Hopkins “Those were the days”, musicaliza hoy este regreso, ahora relajado y sin tensión, a los días que sacudieron a México y a los protagonistas de aquel movimiento multitudinario: cientos de miles de estudiantes que en pleno Zócalo y a mano alzada decidieron, en septiembre de 1968, quedarse en esa plancha simbólica hasta que el presidente contestara su petición de negociar públicamente. Esa noche, el Ejército arrasó con quienes ahí se habían instalado.

Entre ambas novelas hay 38 años de diferencia; entre una y otra, González de Alba se hizo escritor, poeta, divulgador de la ciencia y columnista polémico, entre otras cosas. Esta prosa del narrador contemporáneo es más relajada y fluida, por momentos incluso juguetona y risueña al contrastarse con la voz de su primera novela, escrita en una situación emocional, personal y colectiva de profundo calado.

González de Alba confiesa con respecto de Los días y los años: “¡No la puedo leer! (…) mientras que de la nueva novela devolví las pruebas en dos días, en la otra me demoré y me demoré. ¡No la podía leer! Había una resistencia completa; me esforcé y aquí está, pero me costó mucho trabajo releerla. Implicaba estar de nuevo metido en una emoción de la que me he distanciado (…) no hay olvido”.

Con todo, esta voz narrativa luce equilibrada, ha evolucionado a través de varias novelas y libros de cuentos, se ha refinado con la poesía, ha cobrado precisión y conocimiento con la ciencia, y ganado en fuerza y claridad con el periodismo. La centrada voz del narrador de hoy equidista de su delgada y esbelta voz poética, de la voz crítica y áspera del columnista, y de la voz erudita del divulgador de la ciencia.