Ilustración hongos

Hay novelas lunares. Viven apartadas de la luz y suelen pasar desapercibidas por su estirpe nocturna, discreta, selenita. Ajenas al sol, como a los reflectores de las modas literarias, florecen mejor en esa sombra creativa desde donde el texto sugiere enigmas al lector y lo alienta a indagarlos, primero en la lectura misma y luego en la imaginación y la memoria. Esas novelas tienen la particularidad de quedarse en los lectores, replegadas dentro de los sueños como un recuerdo brumoso siempre latente. De pronto rozan sutiles nuestra reflexión presente y nos despiertan un sentimiento evocador, memorioso, proveniente de las profundidades de nuestras vivencias intelectuales. El lector se apropia de esas novelas, establece una relación íntima con ellas y las integra a su memoria emocional, a la experiencia de su vida interior. Así lo nutren y viven en él.

La novela El hombre de los hongos la publicó Sergio Galindo en 1976 en la prestigiada editorial, fundada por él mismo, de la Universidad Veracruzana. Un año antes, en julio de 1975, leyó ese relato como discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. Para esta nota, utilizo la edición más reciente, de 2010, y primera en la colección Ficción, de la misma Universidad Veracruzana, con prólogo de José Miguel Sardiñas e ilustraciones (cual “intervenciones” de diseño gráfico) de Sebastián Fund.

Desde la aparición de sus primeros cuentos en los años cincuenta, al veracruzano Sergio Galindo (Xalapa, 1926-Puerto de Veracruz, 1993) se le asumió como representante del realismo dominante en nuestras letras. Emmanuel Carballo escribió en 1966 (Diario Público, Conaculta, 2005), sobre la novela Polvos de arroz, publicada por Galindo en 1958: “… es una novela corta escrita según las reglas de un realismo más o menos tradicional. Realismo que, en momentos, incurre en lo psicológico y, en otros, en lo costumbrista”. Y sobre su novela La comparsa (1964), el mismo Carballo señala: “… aclimata entre nosotros la novela conductista; y algo más, es el mejor exponente, hasta ahora, de esa tendencia en México”.

Esa impresión primera se sobrepuso a otros matices y alcances de la escritura del veracruzano (su primer cuento conocido “La máquina vacía”, es una pesadilla en tres cuartillas flotando en los linderos de lo real, lo fantástico, lo onírico y la alucinación). Veinticinco años después de la publicación de aquél primer libro de cuentos (La máquina vacía, 1951), la novela El hombre de los hongos fue recibida con dudas por la crítica, algo común a la obra de Galindo, quien vivía con discreción: “era un solitario, acaso como respuesta al hecho de haber nacido en una familia de 17 hermanos” (escribe Nedda G. de Anhalt). Galindo vivía ensimismado en los retos técnicos y estilísticos de su trabajo, en los alcances artísticos de los conflictos, personajes y situaciones humanas de su narrativa, y por ello nunca se “promocionó” ni buscó ninguna atracción extra literaria hacia su obra, sustentada en una idea precisada por él mismo como “la ética de los esencial”.

El desconcierto inmediato hacia El hombre de los hongos contribuyó a percibir en esta breve novela un cambio de rumbo en la literatura galindiana, una singularidad o acaso el umbral hacia una nueva dirección artística en su producción. En favor de mayor precisión, podría hablarse de una vertiente de su escritura apenas esbozada con anterioridad, pero en la cual ahora Galindo experimentaba a conciencia, ensanchando los límites de la estructura formal y el contenido imaginativo de su escritura novelística.

El hombre de los hongos narra una historia sin tiempo definido ni territorio geográfico claro (aunque el lector pueda barruntarlos), con personajes enigmáticos, difusos y de conductas excéntricas e inexplicables, lo cual suscita la especulación en el lector. Difuminada como un sueño, la narración transcurre en una finca subtropical rodeada por la bruma de un bosque húmedo, pero, a la vez, la historia es percibida como perfectamente real y posible. No es ficción fantástica ni su contrario, puro realismo duro, sino un equilibrio oscilante en una frontera intermedia.

Portada

LA TRAMA

Galindo despliega la narración en 33 capítulos breves, un ejercicio de contención y precisión de la escritura contrapunteado con enigmas, sutilezas y vaguedades para empañar los hechos y dotarlos de un aura de irrealidad y duda.

El relato es protagonizado por una familia habitante de una hacienda, en una provincia de clima bochornoso, neblina y humedad propias del subtrópico. El padre, Everardo, es dueño del extendido territorio donde se asienta la casona, de las vidas y bienes de los campesinos y peones ahí asentados, y dueño también de una feroz mascota, un leopardo llamado Toy. Su esposa, Elvira, parece poseer ciertas cualidades sobrenaturales. El matrimonio tiene tres hijos: Lucila, Sebastián y Emma, la menor y narradora de la historia. Su relato recobra, años después y de manera un tanto difusa en su memoria ya adulta, los hechos ocurridos en su infancia y primera juventud.

La trama arranca con la llegada de Gaspar, un niño de unos diez años hallado por Everardo durante una de sus cacerías en un paraje inundado de setas y bañado por una “luz indescriptible”, un sitio mágico o demoniaco del bosque. Everardo le “regala” el niño a Emma y decide llamarlo Gaspar. El infante se convertirá entonces en un elemento perturbador de las ya excéntricas circunstancias familiares en la finca.

Durante un festejo donde se sirven platillos exóticos y se escucha música de Vivaldi, nos enteramos del gusto de Everardo por las setas, así como del riesgo implícito, pues éstas pueden ser venenosas. Interviene entonces “el hombre de los hongos”, una suerte de catador de estos organismos. Los campesinos pobres dispuestos a probar los hongos hallados en el bosque son bien pagados por Everardo. Muchos de estos hombres de distintas edades (incluso muchachos) han sido víctimas del veneno del hongo y han muerto (hasta nueve en un mes), por lo cual empiezan a escasear. Durante el festejo perece uno de los catadores frente a los niños, ante lo cual Gaspar pregunta quién es. Con indiferencia y sonrisas juguetonas, los infantes le responden: “El hombre de los hongos”, mientras brincan el cuerpo tendido del difunto.

Una especial relación se va formando entre Emma y Gaspar, quienes enfrentan los celos, enojos y odios de sus hermanos; en tanto, su madre —con poses hipnóticas de hechicera— y su padre —fuerte y sano a los cuarenta años— reencuentran una energía sexual perdida hasta entonces. Todo atribuible a la presencia insólita o misteriosa de Gaspar.

Los años pasan, los hombres de los hongos mueren, los niños crecen, Emma y Gaspar se convierten en amantes y Everardo entra en una faceta marcada por una decadencia física inexplicable. Al relato se van añadiendo más enigmas y situaciones vagas de difícil explicación: las cualidades mágicas de Elvira y su cabellera, el cariño surgido entre el leopardo, Emma y Gaspar; el odio-amor de Lucila por Gaspar y el disgusto y huída de Sebastián ante el intruso, la misma muerte de Elvira en las garras del leopardo. El relato parece transcurrir en la fina frontera entre lo real y lo sobrenatural, entre la vida concreta y objetiva de los personajes y los casi fantásticos acontecimientos a su alrededor, como la desaparición de Gaspar. La historia alcanza un desenlace inusitado cuando al final sólo queda Emma, rememorando lo acontecido y “en busca de alguna luz” ante la negrura inminente. “Creo que pronto vendrá la oscuridad absoluta”, dice en la última línea.

LA CRÍTICA

La crítica encontró en la literatura fantástica una rápida vía de aproximación a este relato galindiano. Las concepciones planteadas por Tzvetan Todorov en su Introducción a la literatura fantástica (1970) apoyaban ese acercamiento: “La vacilación del lector (ante lo posibilidad real de lo narrado) es la primera condición de lo fantástico. Pero ¿es necesario que la vacilación esté representada por un personaje dentro de la obra? La mayoría de los textos que cumplen la primera condición satisfacen también la segunda”, escribió el lingüista búlgaro. Y en esta novela de Galindo el lector vacila ante la realidad de los hechos de la misma manera en la cual la narradora, Emma, parece dudar de su propia historia, creando “tensión entre los real y lo imaginario”.

Luego de esta primera percepción crítica de la novela, se fue clarificando otra referencia inmediata, y muy en boga entonces, por medio de la cual se abría otra ruta de acceso a la concepción narrativa y la temática de El hombre de los hongos: el realismo mágico, desde entonces inscrito en la amplia categoría contemporánea de literatura postcolonial. Gabriel García Márquez había explorado los alcances de esa “tendencia” literaria con resultados estéticos inspiradores (además de aprecio crítico y éxito de ventas) y su ejemplo llevó a varios a buscar su propio desarrollo narrativo por el camino de Macondo.

Los primeros antecedentes del concepto “realismo mágico” datan de las vanguardias pictóricas europeas del siglo viejo y del libro de Franz Roh editado en Alemania Realismo Mágico: Post Estructuralismo. Problemas de la pintura más reciente. El término fue recuperado hacia 1950 por Arturo Uslar Petri aplicado a algunos rasgos de la literatura venezolana. Pero fue hasta 1975 cuando el XVI Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana se enfocó en la indagación del concepto desde la perspectiva de los estudios académicos. (Camila Villate Rodríguez, Realismo Mágico latinoamericano, aproximaciones a su influencia en el periodismo de Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez, Bogotá, 2000).

Con el auge del realismo mágico como “vanguardia literaria latinoamericana”, a finales de los años setenta, El hombre de los hongos parecía insertarse en ese empuje, por ello varios críticos sumaron la novela a esa tendencia narrativa, caracterizada por revestir la realidad con mitos, prácticas y tradiciones nimbadas de cierta magia “autóctona” propia de los pueblos latinoamericanos. Una escritura en donde la misma técnica narrativa, el uso de la hipérbole y la yuxtaposición, alentaban en el lector una percepción de relatividad en los hechos “objetivos”, para de ahí llevarlo, mediante la exacerbación de su emoción, hacia la intelección de una realidad mágica. No obstante, la novela contiene mucho más

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LA ALEGORÍA

Otro de los acercamientos analíticos a la novela de Galindo, y uno de lo ensayos académicos más esclarecedores y especializados sobre El hombre de los hongos, es el del investigador y difusor de la literatura mexicana Russell M. Cluff, titulado Alegoría e intuiciones arquetípicas en El hombre de los hongos de Sergio Galindo, publicado originalmente en la Revista Hispania (Diciembre, 1982), y reproducido en 1986 en La palabra y el hombre, emblemática revista literaria de la Universidad Veracruzana.

Escribe Cluff: “El hombre de los hongos marca una nueva dirección artística en la producción de Galindo, sin disminuir su interés por las actividades humanas más vitales. Abandona el realismo para abordar ciertas intuiciones arquetípicas a través de un sistema alegórico que le ofrece la oportunidad de presentar sus ideas de una manera mucho más poética”.

El ensayo documenta el “resurgimiento de una convención literaria antigua (la alegoría) en un escritor como Galindo”, a partir del libro de Ross Larson, Fantasy and Imagination in the Mexican Narrative (Center of Latin American Studies, Arizona State University, 1977), donde se documenta, apunta Cluff, la existencia de una tradición narrativa en México “no dependiente exclusivamente de la realidad empírica”. En esa modalidad de la “literatura imaginativa” sitúa Cluff a autores como Julio Torri y Alfonso Reyes.

Volviendo a Todorov, el investigador estadunidense recobra la clasificación de la alegoría en cuatro categorías: “la alegoría evidente, la ilusoria, la indirecta y la alegoría vacilante”, para insertar a El hombre de los hongos dentro de la cuarta acepción: la alegoría vacilante, “la más sutil de todas pues nos hace ver el papel importante que juega el lector en la recuperación temática de una obra alegórica. (…) La alegoría vacilante aparece en el relato en el que el lector llega a precisamente a vacilar entre la interpretación alegórica y la lectura literal. Nada en el texto indica el sentido alegórico; sin embargo, ese sentido es posible”.

En su ensayo De los cuentos iniciales a Otilia Rauda. Algunas recurrencias simbólicas en la narrativa de Sergio Galindo (Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje, No. 8, Universidad Autónoma de Puebla, 1992), Renato Prada Oropeza destaca a su vez a esta novela de Galindo como un hito literario en la “magnitud” (se resiste a llamarlo género) de la noveleta.

EL RECUERDO LITERARIO

A los textos anteriores se añaden otras aproximaciones ensayísticas a la narrativa de Galindo desarrolladas por varios de sus más acuciosos investigadores, como los ya citados Nedda G. de Anhalt y Emmanuel Carballo, más José Luis Martínez Morales, Álvaro Ruiz Abreu. Marco Antonio Campos, Juan José Reyes y Luis Arturo Ramos.

Destaca el estudio crítico sobre el autor veracruzano titulado Sergio Galindo. Narrador (Universidad Veracruzana, 1992), donde se incluyen ensayos de Ignacio Trejo, Jorge Ruffinelli, Carolyn y John Brushwood y José Homero, así como la entrevista al escritor realizada por Gilberto Prado Galán. En ese mismo volumen, Vicente Francisco Torres propone a El hombre de los hongos como “un libro raro entre la producción de Sergio Galindo porque se aparta de una anécdota verosímil para contarnos una historia con algunos episodios que, antes que fantásticos parecen producto de una alucinación (…) Una historia como la que da pie a El hombre de los hongos no puede tener explicación y uno tiende a buscarle un sentido, algún simbolismo”.

Torres añade además otra opinión, la del escritor Felipe Garrido y su visión de la novela como una alegoría de nuestra sociedad porque “explora nuestro entorno social; las conexiones íntimas entre el deseo y la muerte, entre la esperanza y la aflicción, entre el poder del fuerte y el poder del sabio, entre la fugacidad de la vida y la voluntad de trascender”.

Finalmente, Vicente Francisco Torres revela la opinión del propio Sergio Galindo cuando se le inquiría sobre el significado de su novela: “Creo que las explicaciones deben darlas los críticos, no los autores. Yo necesitaba contar esa historia y la conté”.

En un texto valorativo de su propia obra, publicado en 1987, Galindo es parco en general, y como para reforzar aún más lo enigmático de su novela El hombre de los hongos, comenta:

“Esta dedicada a él (Emilio Carballido) porque la escribí gracias a su terquedad. Fue una historia que empecé a escribir diez años antes, o más, de que se publicara. Al llegar casi al final, otro amigo muy inteligente me dio una solución perfecta. Tan perfecta y verídica, tan bella incluso, que me resultó ajena. Eso provocó que abandonara la historia. Cada que vez que veía a Carballido, él me insistía: ‘termínala, cuándo la vas a publicar”. Hasta le dije que nunca la iba a publicar. Un año después, cuando tenía poco trabajo, volví sobre la historia. Me quité de la cabeza el final que mi amigo me había dado, y me puse a escribirla de nuevo, de un tirón. Le di mi propio final y sólo así pude hacer El hombre de los hongos”.

En su análisis de los cuentos de Sergio Galindo, asequible en la dirección electrónica, “Los cuentos de Sergio Galindo”, RIUV, cdigital.uv.mxsu, el crítico Rodolfo Mendoza Rosendo señala:

“Así llegamos a comprender que —aunque pequemos de hedonistas— lo verdaderamente importante es el placer que nos causa la lectura, aunque no sepamos o sepamos a medias lo que es la literatura (…) Esta perorata es porque tras leer y releer cuentos y algunas novelas de Sergio Galindo, me volví a topar con El hombre de los hongos, uno de los primeros libros que llegaron a mi adolescencia (…) La lectura de este hermoso libro volvió a crear en mí aquel hermoso mundo, otro distinto, el del recuerdo. ¿Qué cosa tiene la literatura que transforma a quien la conoce? Obviamente no encontré una respuesta coherente; sin embargo, lo que hallé en el recuerdo, me dejó satisfecho”.

A cuarenta años de la publicación de El hombre de los hongos, la experiencia estética de su lectura recobra aún el enigma de esa historia fantástica o alucinada o alegórica o simbólica… O todo eso junto. Una astucia literaria mayor de Sergio Galindo.

Foto Galindo OK