En 2013 se cumplirán 25 años de la muerte del artista plástico Jean-Michel Basquiat. Revivo aquí sus (y mis) callejeros recorridos por la vieja Nueva York de los años ochenta, su exacta encarnación de la leyenda del artista trágico, y la muestra de su obra expuesta en el Palacio de Bellas Artes a finales de 2004.

Basquiat por Mireille Corderon

LA VIEJA NUEVA YORK

La vieja Nueva York de 1982 no tiene mucho que ver con la del siglo XXI. Ni siquiera con la de los años noventa. Salvo zonas de excepción, la urbe es hoy más aséptica y turística, mejor controlada y vigilada luego de Giuliani y el 9-11. Desde luego es más cara y, con todo, fascinante.

Pero en aquellos años el demócrata Edgard Kock era alcalde de una Nueva York en la cual se caminaba permanentemente por el lado salvaje. La urbe del post action painting y del pop warholiano, del grafiti y el travestismo en expansión, donde las bodegas del Soho comenzaban a reciclarse como estudios, galerías y lofts, mientras Manhattan mudaba su glamour del Studio 54 al posmoderno Palladium y el underground se repartía entre el Mudd Club y el viejo Club 57. Faltaban lustros para que el republicano Rudolph Giuliani y su programa de “tolerancia cero” (1994), domesticaran el neoyorquino lado salvaje. La vida callejera, la indigencia, la inmigración, el tráfico de drogas y armas al menudeo, la segregación de barrios pobres y zonas duras, hacían entonces riesgosa hasta una visita al Yankee (¿junkie?) Stadium.

A esa Nueva York caliente de junio de 1982 arribé por primera vez para pasar algunas semanas de vagancia y aventura. El concreto de la ciudad hervía ese verano. En Central Park la música puertorriqueña y cubana, el rock y el reggae, el punk y el rap daban cadencia a una rítmica multitud esparcida por los prados para tomar el sol, beber cerveza y fumar marihuana.

Gracias a la prima del amigo de una amiga, o algo así, me recibieron en los muy célebres Apartamentos Stuyvesant —calle 14 esquina con la primera avenida— en pleno East Side de Manhattan.

Stuyvesant Town Apartments, Manhattan

Un poco al norte está el complejo arquitectónico de las Naciones Unidas. Hacia el sur, Soho, la Plaza Washington y Greenwich Village. Y más abajo, a orillas del East River y con el Puente Brooklyn a la vista, la zona del Low East Side. Allí vagaba entonces Jean Michel Basquiat, perfecta encarnación de la leyenda del artista trágico, de ese ritual estadunidense resumido en live fast, die young and leave a beautiful corpse (vive aprisa, muere joven y deja un cadáver hermoso). Lo recuerda en esos años su amiga y biógrafa Jennifer Clement: “Olía a piel, pintura de óleo, tabaco, marihuana y al tenue olor metálico de la cocaína”.

Aunque desde 1980 el rebelde artista plástico había dejado de grafitear sus peculiares dibujos y frases con la firma de  SAMO (Same old shit: la misma vieja mierda), su característico perfil de un cuerpo danzarín con rastas en la cabeza y sus mensajes cínicos, filosóficos o políticos eran copiados y repetidos por sus seguidores en todo Manhattan. En ese 1982 presentó sus dos primeras exposiciones.

Light blue movers / Basquiat 1980

VIVE APRISA, MUERE JOVEN…

De padre haitiano y madre neoyorrican, Jean Michel Basquiat nació en un área clasemediera de Brooklyn en diciembre de 1960, fue expulsado de las escuelas de arte, vagó por la urbe y vivió en la calle, se hizo grafitero y artista plástico, produjo una de las obras del expresionismo abstracto más innovadoras de esos años, trabajó con Andy Warhol, se cotizó en millones de dólares y murió en 1988 a causa de una sobredosis de heroína. Todo en 28 vertiginosos años de una vida quemada como fósforo en el aire.

Sólo hay algo más atractivo para la cultura estadunidense que hacer negocio con un artista joven, rebelde y miserable, y esto es hacer negocio con un artista joven, rebelde, miserable y muerto. La leyenda perfecta. Su amigo y compañero de viaje Julian Schnabel lo retrató en su célebre película (Basquiat, 1996) durmiendo en una caja de cartón en la Plaza Washington. Poco tiempo después Jean Michel pintaba con trajes Armani de mil quinientos dólares, salpicándolos de óleo y aguarrás, y así vestido se presentaba a las exposiciones de su obra y a las fiestas de tres días donde las celebraba. “No entiendo cómo la libertad del acto de pintar produce tanta esclavitud”, dijo refiriéndose al mercado del arte, y remató: “No hay negros en los museos. Intenta hacer un recuento. Los museos de arte son otra plantación algodonera del hombre blanco”.

Basquiat fue, al mismo tiempo, el último party animal, un muchacho negro presuntamente ligado a las bandas delincuenciales callejeras, un grafitero negando sus raíces clasemedieras, un intérprete plástico de los marginados y desposeídos urbanos, un pintor intuitivo y vitalista llegado a la cúspide, un cortesano ofensivo en el mainstream artístico neoyorquino, un iracundo aspirante negro al canon blanco del arte, un talento invaluable explotado por sus agentes, una criatura que exprimió cínicamente el marketing de sí mismo, un multiculturalista, un original.

En 1998 una obra de Basquiat se cotizó en tres millones 300 mil dólares. En 2002, su pintura de gran formato Profit I, se vendió en poco más de cinco millones y medio de dólares. Apenas en mayo de 2008, a veinte años de su muerte, otra obra suya, sin título y fechada en 1981, alcanzó 14.6 millones de dólares en Sotheby’s.

 

DEJA UN CADÁVER HERMOSO

El 4 de octubre de 2004 se inauguró la muestra Jean Michel Basquiat, en el Palacio de Bellas Artes. El público mexicano por fin pudo acercarse “en vivo” a 32 obras de gran formato, dos objetos y un trabajo en papel del controvertido artista. El valioso catálogo ya inasequible, incluyó fotografías de las piezas y varios ensayos. El niño rey de lo ochenta, de Jean Louis-Prat, el célebre especialista en Basquiat, subrayó “el singular impacto de una obra cuya única referencia es el instinto de sobrevivencia”. A su vez, el crítico de arte francés Alain Jouffroy, en El gran diario de guerra de Basquiat advierte: “Miro sus cuadros y mi piel inmediatamente resiente los impactos, los moretones, negros y morados, amarillos y pardos, blancos y azules. Antes que golpearme, cada cuadro me tatúa”.

Mercedes Iturbe (fallecida en abril de 2007), contribuyó con Basquiat: una vida al límite, donde asegura que el pintor “se apropia con vehemencia de ese mundo fascinante y sórdido en donde el jazz, la droga, la prostitución y la muerte son contundentes y, sin embargo, se diluyen frente a su imperiosa voluntad de seguir pintando”.

El último ensayo es una alteridad de Mario Bellatin, donde una supuesta asistente de Warhol recuerda: “Jean Michel Basquiat era considerado una especie de príncipe del asfalto, capaz de reorganizar artísticamente una realidad con elementos que nunca antes se habían vinculado entre sí, un neo-salvaje de la cultura”.

Mientras recorría la muestra regresé a aquella Nueva York salvaje de mi primera visita en 1982, y al caminar frente a las obras no pude evitar escuchar en mi cabeza la voz profunda y casi hablada de Lou Reed urgiéndonos: Take a walk on the wild side

 

Samo 1 /Basquiat 1981