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Son diversos y descriptivamente muy ricos los temas abordados, en mayor o menor medida, en La trama nupcial, la extensa novela de Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), editada este año en español por Anagrama. Destaco algunos:

—El trasunto de las contradicciones inherentes a las novelas y obras decimonónicas y victorianas (las pulsiones debajo de ellas), de tono y temperamento romántico-matrimonial al estilo Jane Austen, Anne Finch, Henry James, las hermanas Bronté, George Eliot, Edith Wharton o la poesía de Emily Dickinson;

—la discusión de teorías y crítica literarias contemporáneas (post-estructuralismo, semiótica, deconstrucción) y de algunos de sus representantes (Blanchot, Derrida, Saussure, Eco, Culler); y en particular un contraste entre la deconstrucción del enamoramiento trazada por Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, y el enamoramiento real de los personajes centrales Madeleine, Leonard y Mitchell;

—una risueña (un tanto superficial) revisión del nuevo feminismo militante y radical (Julia Kristeva, Helén Cixous, Kate Millet) que desemboca con frecuencia en el absurdo;

—la vigencia o trascendencia de la fe y de la duda en la búsqueda de ayudar a remediar el sufrimiento ajeno a través del sacrificio personal y la experiencia religiosa, así como la discusión de diversos textos de autores que escriben sobre el tema: Thomas Merton, San Juan de la Cruz, Maestro Eckhart y la misma Madre Teresa de Calcuta, con quien irá a trabajar el personaje Mitchell en la India (como por cierto lo hizo en la vida real el propio Eugenides);

—el reflejo del falso optimismo estadunidense en los años del reaganismo y su crisis económica consecuencia de las primeras medidas económicas neoliberales. Esas “fragilidades y recelos acerca de la fórmula norteamericana para el éxito, cuando todo el mundo se sentía compelido a ser optimista y a estar de acuerdo con el sistema, y al mismo tiempo todo el mundo sabía, en el fondo de su corazón, que no era así cómo se sentía”;

—las dudas y miedos de la generación del baby boom en medio de una incertidumbre o resquebrajamiento ideológico que se había iniciado desde la guerra de Vietnam y el caso Watergate: “La gente dudaba de sí misma y tenía miedo del futuro, se sentía intimidada y asustada”.

int-206379[1]   Pero de entre todos estos temas sobresale su seria indagación novelística en la bipolaridad. Leonard Bankhead, uno de sus tres protagonistas centrales, despliega ante el lector la tormentosa ansiedad que rige su vida y la depresión que lo persigue desde niño a raíz de las dificultades y maltratos vividos con sus padres (a sus cuatro años, por ejemplo, tras sufrir un “accidente” de incontinencia y haber defecado en sus pantalones, su padre lo forzó a comer sus propias heces).

  “Si crecías en una casa donde no te amaban, ignorabas la existencia de alternativas. Si crecías con unos padres emocionalmente atrofiados, infelices en su matrimonio y proclives a infligir su infelicidad a su prole, no podías saber que era eso lo que estaban haciendo. Era tu vida. (…) En todos esos casos, el daño estaba hecho antes de que tu supieras que te habían hecho daño.” (p. 372)

  Leonard llega a la adolescencia y entra a la Universidad con una trayectoria contradictoria y compulsiva: del absoluto desinterés y el casi abandono de sus estudios     preparatorios a cambio de una vida a la deriva centrada en beber cerveza, fumar mariguana, ver la televisión y dormir la mayor parte del día, pasa a la euforia, el deseo de mejorar físicamente, hacer ejercicio, estudiar con ahínco ciencias y lograr una beca para largarse lo más lejos posible de su casa a estudiar bilogía en la Universidad de Brown.

  Paradójicamente, ese sentimiento de fragilidad, de vulnerabilidad junto con el lado oscuro de su personalidad maniaco-depresiva, convierten a Leonard, ya universitario, en un personaje sumamente atractivo para las mujeres, lo cual lo trastoca pronto en un compulsivo Don Juan cuya sobre-energización e hipersexualidad (aunque él todavía no lo sabe) se atribuye a los estados de euforia ocasionados por la química cerebral de su enfermedad.

“La fase eufórica era un estado mental tan peligroso como la fase depresiva. Uno era absolutamente cautivador, absolutamente fascinante. Era como tener una fiesta enloquecida en la cabeza, una fiesta en la que uno era el anfitrión borracho que se niega a que nadie se vaya de ella, y cuando los invitados inevitablemente se van, el anfitrión sale a la calle y busca otros, dispuesto a cualquier cosa con cualquiera, para que la fiesta continúe y contúe” (p. 323)

Leonard vive en tal estado de euforia que no para de hablar, de andar de fiesta, lleno de ocurrencias locas como tirarse de un segundo piso a un montón de nieve y salir ileso, o largarse para amanecer en Nueva York e inmediatamente regresar a la Universidad de Brown en Providence dispuesto a meterse en la cama de alguna amiga y escaparse a media noche para ir a acostarse con otra. En esas andadas de pronto despierta como un borracho en brazos de su amiga Lola, con lagunas amnésicas y debilidad extrema. Ella lo lleva a los servicios de salud y hasta entonces, ya a los 18 años, cobra conciencia de su situación:

“(Lola le dijo) que no se preocupara, que se apoyara en ella y que pronto se iba a poner bien. (…) Parecía, especialmente cruel, por tanto, el que tres días después, en el hospital, el médico entrara en su cuarto y le dijera que padecía algo de lo que jamás podría curarse, y que lo único que podía hacer era «controlarlo», como si el control, para un chico de 18 años que quiere vivir a tumba abierta, no fuera la negación misma de la vida” (p. 324)

A partir de entonces comienzan los tratamientos ansiolíticos, antipsicóticos y la extrema dosificación de litio que le produce daños colaterales (adormecimiento, indiferencia, falta de emoción, temblor en las manos, disminución de la libido y el deseo sexual, falta de sentido general de la vida y una suerte de separación de sí mismo, de alienación en la cual se ve a su propia figura como un muñeco de ventrílocuo).

Pero dejar la medicación implica también profundizar su estado depresivo, se da así cuenta que “cuanto más inteligente eres, peor es la depresión. Cuanto más acelerado era tu cerebro, más te ensimismaba”, como vivir en un “angosto y sofocante espacio síquico”.

Como vía de salvación, piensa, Leonard opta por continuar el tratamiento y pedirle a Madeleine que se case con él luego de varios meses de vivir juntos. En ese tiempo todo fue euforia y deseo y Madeleine también “se había sentido locamente feliz, también había estado hipersexual. Se había sentido grandiosa, invencible, sin temor alguno al riesgo”.

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La Universidad de Brown, donde se desarrolla la novela

El tratamiento con litio avanza mientras el proyecto del matrimonio se desarrolla, pero Medeleine tiene que observar cuidadosamente a Leonard para percibir en él las señales de la enfermedad de las que le advierte el médico: cambio de rutinas del sueño; falta de disposición para comunicarse; desatención del trabajo; desatención de la apariencia personal; alejamiento de la gente y sus actividades; perfeccionismo; agitación; aburrimiento extremo; depresión y cambio de personalidad. Todo para evitar el verdadero mal al que pueden conducir la enfermedad y la depresión: el suicidio. Lo inevitable sucede y la depresión regresa:

“—Déjame decirte lo que sucede cuando una persona está clínicamente deprimida. —Leonard adoptó sus exasperantes modos doctorales—. Lo que sucede es que el cerebro envía una señal que dice que se está muriendo. El cerebro deprimido manda esa señal y el cuerpo la recibe, y al rato el cuerpo piensa que también se está muriendo. Y entonces empieza a apagarse. Por eso duele la depresión, Madeleine. Por eso es físicamente dolorosa. El cerebro piensa que se está muriendo, y el cuerpo piensa que también se está muriendo, y entonces el cerebro lo registra, y así se va y vuelve una y otra vez ese mensaje en una especie de bucle sin fin. —Leonard se inclinó hacia ella—. Eso es lo que está pasando dentro de mí en este momento. Es lo que me pasa cada minuto de cada día. Y por eso no te respondo cuando me preguntas si la he pasado bien en esa fiesta”. (p. 498)

La descripción del personaje, de sus procesos de euforia y depresión, de sus pensamientos, sentimientos y acciones, trazada con singular elegancia por Eugenides lleva al lector a identificarse de manera inevitable con Leonard antes de saber de su padecimiento; pero luego, al enterarnos de su enfermedad, la identificación con ciertos estados de ánimo de Leonard se intensifica y profundiza, casi como si fueran los estados “normales” del hombre contemporáneo en un mundo demandante y exigente, donde se hace cualquier cosa para evitar la infelicidad, la sensación de fracaso o, incluso, el dolor mismo de existir.

Es entonces cuando percibimos su  astucia literaria…

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Jeffrey Eugenides, autor de las novelas Vírgenes suicidas (1993), Middlesex (2002)

y La trama nupcial (2011)