Tras la publicación de su libro Gente así (Alfaguara, 2008), escribí esta suerte de crítica con perfil del maestro Vicente Leñero fallecido hoy miércoles 3 de diciembre de 2014. Su partida deja un hueco inmenso en el horizonte de las letras mexicanas. Como homenaje y lamentando dolidamente su desaparición reproduzco aquella nota

 

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La verdad literaria

Vicente Leñero (1933) reúne en la edición 2008 de Gente así diecisiete narraciones dispuestas según sus temas queridos, sus intereses vitales como creador. Siete historias sobre literatura, dos sobre ajedrez, cuatro más sobre teatro y cine, y otras cuatro sobre religión. Temas centrales en su carrera, pero cruzados además por su vena periodística.

Su escritura realista y su maestría para el reportaje avanzan aquí hasta alcanzar la frontera con la literatura. Un Leñero relajado, retirado por voluntad propia del guionismo cinematográfico y la dramaturgia —géneros donde es figura mayor—, casi del periodismo mexicano —mejorado por su pluma desde hace cuarenta años—, y también de la novela porque “es una chinga”,

A sus recientes 75 años Leñero cuenta con múltiples logros artísticos. Es ganador de numerosos Arieles y de la medalla Salvador Toscano por su labor como guionista en más de una docena de cintas, varias de ellas memorables: Los albañiles (1976), El callejón de los milagros (1994), La Ley de Herodes (1999). Dramaturgo serio, motor en la evolución del teatro documental mexicano y autor de obras polémicas, criticas, exitosas: El juicio (1972), El martirio de Morelos (1981), La noche de Hernán Cortés (1992). Novelista reconocido desde los años sesenta por su cabal realismo, experimentador con descripciones profusas al estilo nouvelle roman, con psicologismos y el monólogo interior; con el doble, los varios puntos de vista y demás estrategias narrativas inusitadas en aquellos años, pero de nuevo siempre alentado por el realismo punzante de sus primeras novelas: La polvareda (1956) La voz adolorida (1961) Los albañiles (1963), Estudio Q (1965), El garabato (1967). Incluso su autobiografía precoz de 1966 para la colección Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos, es un juego narrativo, cuestionamiento al sentido de la creación literaria, parodia de los recursos experimentales vigentes, sátira amargosa del medio literario y la crítica, testimonio del multiempleo exigido por el oficio de escritor: guionista de televisión, teleteatros y series de radio; corrector, reportero, columnista, entrevistador, publicista y más distracciones del esfuerzo artístico de la novela, para el cual sólo resta alguna madrugada, un medio sábado libre.

En esta ruta Leñero pulió su voz a partir del periodismo hasta alcanzar, en sus mejores registros, la eficacia narrativa y la imaginación estética de la literatura. Los periodistas (1977), La gota de agua (1984), Asesinato (1985), son novelas clave en el cuerpo de la dilatada obra de este ganador de los premios Mazatlán, Villaurrutia y de Ciencias y Artes, periodista de múltiples batallas, protagonista de la parte más digna de ese oficio de intereses que es el periodismo mexicano.

Ahora un Leñero astuto juega con relatos cortos, perfiles, retratos de vidas imaginarias un tanto a lo Schwob, como en las historias de su libro anterior Sentimiento de culpa (2005), y en sus textos publicados con regularidad en la Revista de la Universidad. Vidas sintetizadas con la efectividad del retratista dispuesto a percibir y resaltar los rasgos únicos, las diferencias y no las unanimidades. “El arte no describe sino lo individual. No clasifica, desclasifica”, escribió Schwob.

De los relatos sobre literatura contenidos en Gente así, “La Cordillera” urde la aparición de un manuscrito con la novela inacabada de Juan Rulfo. Historia en dos partes, con dos caras, anverso y revés de una moneda falsa. “A la manera de O’Henry” explora un contraste estilístico mediante un crimen de nota roja. “Injurias y aplausos para José Donoso” salda cuentas con el gran amigo de Leñero, para mostrar luego el consabido egotismo del chileno. “La novela del joven Dostoievski” es un relato extraordinario, elaborado con vasta información asimilada y procesada hasta decantarla en narración intensa de la aventura alterna, trágica, de la muerte prematura del ruso. “Resentimiento” parodia lo peripatético de un fracaso literario (nadie más amargo que un escritor fallido). De igual forma paródica, en “Los cuatrocientos años de Hamlet” Leñero recuerda a Rafael Ramírez Heredia, suelta puyazos al medio y sus personajes, y ofrece al lector un irresuelto enigma literario. La última historia de esta sección, “Querido Óscar Walker”, contiene anécdotas sobre este curioso personaje, y desprende además el aroma de un cuento triste en su melancólico remate.

Gente así continúa con historias de ajedrez: “La apertura Topalov” traza una venganza del célebre jugador ruso contra el propio Leñero. Una partida de ajedrez (“y de madre”) pospuesta durante trece años. “Ajedrecistas” tiene las cualidades de una novela breve armada a partir de un reportaje. La aventura de Carlos Torre Repetto es fascinante en sí misma. A la par, las evocaciones del escritor Luis Ignacio Helguera (1962-2003) y del periodista Carlos Septién García (1919-1957) ahondan al relato.

Siguen narraciones sobre teatro: “Cajón de Alfonso Sastre” enfrenta las figuras de los dramaturgos españoles Fernando Arrabal y Alfonso Sastre. Éste último y su esposa Eva Forest, contrastan su izquierdismo comprometido con el genio de un Arrabal ejemplar en su momento pero hoy fatuo y egocéntrico: “una vanguardia que se volvió retaguardia”. “Gemelas” trama una historia policiaca de narcotráfico, muerte y una fortuna en dólares, enmarcada en el ambiente de un curso de teatro y con un Leñero debatido entre la codicia y la culpa. De los relatos sobre cine “Hotel Ancira” tiene el tono de una humorada, mientras “La leyenda de Jaime Casillas” está tan imbricada en la realidad, oscila tanto entre vida y ficción, que resulta inútilmente enredada.

Finalmente, las narraciones sobre religión esbozan una duda honda. Leñero es hombre de fe, autor de novelas como El Evangelio de Lucas Gavilán (1979) y Jesucristo Gómez (1986); de piezas teatrales como Pueblo rechazado (1968) —sobre la disidencia del padre Lemercier—, y adaptador del guión de la película El crimen del padre Amaro (2002), todas obras críticas de la Iglesia católica institucional y alentadoras de “la opción por los pobres”. Pero en estos relatos Leñero extrema su crítica también al aspecto sacrificial del catolicismo. En “El mínimo y pobre Tomás Gerardo Allaz”, revela cómo la humildad y la renuncia pueden enmascarar arrogancia y soberbia. Y en “La muerte de Iván Ilich” sesga un reclamo al sacrificio exigido por este sacerdote e intelectual a quienes trabajaban con él. Destaca así una crítica a la percepción de la pobreza como superioridad moral, idea utilizada por populistas y fanáticos para manipular a la sociedad. Otra historia religiosa de este cuarteto, “Belén”, es una risueña pero filosa broma feminista; finalmente, el relato fantástico “Luna Llena” ilumina la cotidianidad con un destello mágico.

Leñero parodia los medios literario, teatral y cinematográfico, se divierte a sus expensas y salda cuentas con sus personajes. Hay inteligencia, malicia literaria, astucia narrativa, dominio de recursos, el colmillo y la pulcritud de una prosa eficaz y directa. Hay también un geómetra, un diseño técnico emparentado con la frialdad en el cálculo calificada como “deshumanizada” por José Donoso en su crítica a Los Albañiles, acaso deformación profesional de aquel ingeniero Leñero deseoso de convertirse en “catedrático de estructuras hiperestáticas”.

La novela, (la narración), escribe Kundera, no tiene moral, o mejor, está sujeta a su propia moral, a la cual no puede traicionar a riesgo de errar. Del mismo modo, la verosimilitud del relato obedece a su lógica interna, a su manera única de contar, si se traiciona, el texto cae por su propia falacia. La verdad literaria es un problema técnico, como advirtió Vargas Llosa. De ahí la fertilidad imaginativa de este terreno donde Leñero se desplaza resolviendo el problema técnico de reinventar hechos y personajes reales, y enriquecerlos estéticamente con nuevas, insospechadas y siempre verosímiles derivaciones literarias.