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Agustín Ramos nació en Tulancingo en 1952, pero su periplo como escritor lo llevó a vivir varios años en el Distrito Federal y a pasar temporadas en ciudades de Europa, Sudamérica y Estados Unidos. Ya de vuelta en Pachuca desde hace años, parece haber encontrado cierto equilibrio en esa ciudad, aunque sin librarse del todo de los problemas de la sobrevivencia y los conflictos propios de los reductos cerrados del provincialismo que nos agobian. Ese equilibrio le ha permitido llegar a un dominio pleno de su escritura hasta convertirlo en un escritor en plenitud de forma, como lo demuestran la prosa, las tramas, las historias y los personajes de sus novelas y relatos recientes.

En pleno dominio hoy de su escritura y convertido en uno de los escritores más profesionales, maduros y críticos de nuestras letras contemporáneas, el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes decidió en 2014 otorgarle “por la importancia de su obra y por sus imprescindibles aportaciones al desarrollo literario de la entidad” (y de las letras mexicanas, añadiría) el Premio al Mérito Artístico del Estado de Hidalgo.

Este reconocimiento incluyó, para bien de sus lectores, la afortunada reedición de dos obras magníficas, diríase claves (aunque hay varias más en este rango) de la bibliografía de Agustín Ramos. Ambas obras presentadas en la Feria Universitaria del Libro del Palacio de Minería 2015.

La primera es La gran cruzada, estudio y novela histórica publicada originalmente en 1992; sin duda uno de los relatos superiores de la vida y la minería en la Nueva España, tanto por la historia inédita aquí contada y la originalidad de su estructura, ensamblado y andamiaje, como por la prosa minuciosa y el impecable estilo. Narración de los detalles y el desarrollo de la revuelta indígena y mestiza contra las minas de Pedro Romero de Terreros en 1776: el motín, la violencia, los linchamientos… Y luego: la Gran Cruzada del también conde de Regla por recuperar su patrimonio a través de medios dudosos y corruptos, y por llevar a la cárcel a los participantes en aquella huelga.

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La segunda obra reeditada es Como la vida misma, una novela de elevada maestría, considerada por varios escritores y críticos como una de las novelas primordiales no sólo de la escritura de Ramos, sino de las letras mexicanas del nuevo siglo. Un relato convertido en un poderoso artificio escritural capaz de capturar, en múltiples planos y tiempos narrativos, un fresco detallado de la complejidad de la existencia. La novela traza además un retrato dolido de la ciudad de Pachuca, la ciudad emotiva vivida y padecida a fondo por un autor empeñado en trastocarla en personaje central, junto con varios de sus habitantes, humanizados con hondura mediante el peculiar hechizo literario de esta prosa.

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Su visión, siempre crítica, tiene fundamentos serios en su experiencia vital como escritor hidalguense y mexicano. Desde su primera novela Al cielo por asalto (1979), Ramos se ha abocado a retratar la dura vida. Y no son pocas las tragedias que los impulsos de la modernidad nos han traído a todos desde hace 25 o 30 años. Empero, si estas tragedias pueden recuperarse en la escritura literaria para transmitir el drama de la vida, al menos quedará el testimonio artístico de nuestro convulso tiempo.

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En esta conversación, Agustín Ramos habla sobre su personal visión de Pachuca y sobre las perspectivas del mismo estado de Hidalgo y de su cultura. Habla también de su infancia y de su oficio de escritor, de sus autores preferidos y de su rencilla con la mediocridad y tontería características de nuestras autoridades culturales. Escuchemos la voz de un autor que persevera en su arte literario sin perder de vista que su tarea significa trabajar, como lo hace un albañil, un panadero o un cirquero.

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En tu novela Como la vida misma, trazas un retrato dolido de la ciudad de Pachuca. El retrato emocional de una ciudad viva más allá de la literatura y, a la vez, una ciudad vuelta palabras, hecha literatura por la capacidad de tu escritura. Háblanos de tu imagen de Pachuca, de tu vida en esta ciudad.

Mi imagen de Pachuca es viva y cambia, como la ciudad misma. De niño era tan solo un lugar de paso hacia México. Aún no se abrían la carretera directa a Tulancingo y por tanto quienes viajábamos a la capital teníamos que pasar a fuerza por Pachuca. Ahora sé que la antipatía de los tulancinguenses hacia los pachuqueños —una antipatía, por lo demás, muy bien correspondida—, tiene un origen histórico relacionado con la creación del estado de Hidalgo y la instauración de su capital; situaciones, ambas, que tuvieron móviles exclusivamente políticos y que beneficiaron a Pachuca en perjuicio de Tulancingo.

Esa animadversión se hereda, se absorbe inconscientemente. Para los de Tulancingo, Pachuca no existía sino como un paso obligado, como un trance forzoso. Empero, a mí como niño siempre me fascinó. Sus calles del centro eran más amplias; había un teatro, varios parques y centros deportivos; tenía muchas neverías muy roqueras con anuncios de Coca-Cola, y sobre todo tenía la enorme ventaja de que las estampitas de los álbumes siempre llegaban antes y de manera más surtida. Pachuca era superior a Tulancingo, eso me quedaba claro. Como también me lo quedaba que no era igual a la ciudad de México. Era una población intermedia, en todos sentidos.

Ya de joven, cuando vivía en el DF, Pachuca, aunque no tanto Hidalgo, dejó de tener mucho sentido para mí. En general, los hidalguenses, fuera de nuestra tierra, tendemos a ser poco regionalistas. Recuerdo que el crítico pachuqueño emigrado al DF Ignacio Trejo Fuentes, interrogado al respecto, confesó que para él su tierra natal no era más que un lugar donde había un monumento al reloj y la zona roja más importante del centro del país. Bueno, pues para mí ni siquiera representaba eso. Pero pronto la polilla de la nostalgia, potenciada por el terremoto del 85 y otros terremotos más íntimos, me hicieron regresar. Pachuca resucitó para mí, si es que algún día vivió. Yo, en definitiva, nací para ella.

Mi vida en Pachuca ha sido intensa y de todos los colores. Cuando recién llegué, en 1987, y hasta bien entrados los años noventa, me sentía, me sabía y era un chilango. Lo metropolitano me hacía sentir a gusto, confortable. Y eso me pasaba en cualquier metrópoli importante de las que tuve la fortuna de conocer: Nueva York, París, Barcelona, Madrid, Lima, Bogotá. En cuanto pisaba esa tierra firme, sabía que ahí podría vivir, que ése era mi ambiente, el peligro constante, el delicioso anonimato, la dulce extranjería compartida con tanta gente que ni siquiera te volteaba a ver en una atmósfera de selva contranatural y con reglas precisas e inviolables.

Luego, cuando tuve oportunidad, o más bien tuve la ilusión de optar por una ciudad a dónde mudarme, me descubrí eligiendo entre Florencia y un suburbio de Washington. Claro que el sueño de emigrar no se me cumplió y no pasó de ser más que una ilusión, pero sirvió para darme cuenta de que ya era yo de nueva cuenta un provinciano. Y sí, sacando cuentas, ya llevaba más tiempo viviendo en provincia que en una metrópoli. Siendo así, hijo adoptivo de Pachuca, permanecer o alejarme me da lo mismo; ni evito salir ni busco quedarme. De cualquier manera ya tengo mi Pachuca dentro de mí. Podría parafrasear a Alfonso Reyes cuando habla de Monterrey, y decir que si me fuera de Pachuca ya llevo viento viejo para rato.

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En general, ¿cuál es tu visión del estado de Hidalgo? ¿Cómo lo ves dentro de quince o veinte años?

Mi visión del estado de Hidalgo…. Iba a decir que es un estado pobre. Es, más bien, un estado empobrecido. Y ahora, para acabarla de amolar, endeudado. Pero aquí me das oportunidad de hablar de algo de lo que no hablé en la respuesta anterior. De la gente. De las gentes. Hidalgo es múltiple, como sus regiones y su gastronomía. En parte porque es un estado hechizo. Fue, sobre todo, uno de los productos de la estrategia de Benito Juárez para minar el centralismo reaccionario y restarle fuerza y dimensión al gigantesco estado de México. Pero, por otra parte, la pluralidad de los hidalguenses habla de personalidades resistentes, de gente que se remontó a las regiones serranas o semiselváticas o semidesérticas para resistir a las sucesivas dominaciones. Hidalgo es, aunque parezca título de película para niños, Tierra de Cíclopes; es decir, de gente que produjo riquezas inconmensurables… para nadie.

¿Dentro de quince años? Bueno, de continuar la altísima tasa de expulsión demográfica, de seguir la huida de familias casi en masa al otro lado para no morir de hambre o con la meta de alcanzar un mejor nivel de vida, no veo a Hidalgo. O lo veo más desierto que lo más escondido del Valle del Mezquital o lo más remoto de la Sierra Tepehua. Veo, pues, un panorama muy distinto al que se quiere aparentar disfrazando a Pachuca de malls y zonas residenciales exclusivas para ricos. Por fortuna, no soy ni pretendo ser profeta. Pero en ese trance, antes que atenerme a mi pesimismo recurriría a la visión que nos dejaron los mayas del Chilam Balam; ellos dicen que en la fecha Ocho Ahau Katún, o sea precisamente dentro de unos veinte años, las cabezas de los dominadores colgarán de los muros y ello “será el término de su codicia, el término del sufrimiento que causan al mundo”. Entonces, la gente que ha hecho a Pachuca, la que la ha construido —no aquella que tan inescrupulosa y minuciosamente la ha explosionado y destruido— estará ante un reino de posibilidades infinitas.

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Háblanos de escritores de tu estado, de los que te han influenciado o los que disfrutas. Y luego, un poco también, de otros escritores mexicanos o extranjeros que te estimulen.

Escritores de mi estado. Los de siempre, los mejores, los clásicos: Anastacio de Ochoa y Acuña, divertidísimo poeta satírico del Virreinato, poseedor de una vena que contradice el mito de la ausencia de buen humor dentro de nuestra literatura, ya no digamos nacional sino regional. Ignacio Rodríguez Galván, el romántico. Efrén Rebolledo, por supuesto, y Margarita Michelena, a la que de cuando en cuando ponen en la mira de la moda oficial tan solo para cubrirla de lugares comunes y luego dejarla pasar sin leerla. A esos los disfruto. ¿Influído? Ninguno de ellos. Admiro a Garibay, ciertamente, al igual que a José Agustín y a Rulfo, como los admira todo aquel que valora el carácter sonoro, auditivo y coloquial de la literatura. Pero, siento decirlo, Garibay no tiene de hidalguense más que el accidente de haber nacido aquí, y alguna incursión en los medios oficiales con legítimos intereses pecuniarios.

De México, hablaría de algunos contemporáneos olvidados: Jaime del Palacio, Jorge Eduardo Turón y Samuel Walter Medina. Jorge Aguilar Mora fue un verdadero gurú para mí. Y los consabidos: Revueltas, Fernando del Paso, Carlos Fuentes antes de los años noventa. De los extranjeros, amo la literatura gringa. John Updike, Toni Morrison, no me pierdo nada de Gore Vidal ni de Kurt Vonnegut. Y, por qué no decirlo, me encantan Wolfe y Mailer, qué caray. ¿Y qué me dices de los Nobeles más recientes? Ha sido una fortuna conocer a Coetzee y, a través de él, revisitar a Kafka, a Dostoyevski, a Defoe, a Proust. Eestoy releyendo cosas medievales por contagio familiar; resulta que alguien en mi casa descubrió El cantar del Mio Cid, y ya sabrás… Yo andaba un poco cerca con motivo del centenario quijotesco y la fiebre me prendió.

 

En cuanto a la producción cultural, ¿qué visión tienes de las expresiones artísticas y culturales hidalguenses?

Compara a Hidalgo con Oaxaca, con Chiapas, con Guerrero y estarás refiriéndote a los cuatro estados más pobres de la República. ¿Qué salva a aquéllos de la conmiseración? Sus culturas populares. ¿Qué nos puede salvar a nosotros? ¿De dónde podríamos abrevar sin por ello dar la espalda al mundo? Sin embargo, el servilismo y el mimetismo, la imitación acrítica nos hace aparecer como ridículos provincianos arribistas, cuando no como ignorantes.

Aquí casi no hay expresiones artísticas y culturales porque quienes regentean la cultura las reprimen o las ignoran; por tanto no hay estímulo (las becas, por ejemplo, se dan en condiciones todavía más corruptas y con criterios aún más clientelares que en el plano federal). Aquí lo que campea son organismos gremiales que se autonombran de escritores, de artistas visuales y de teatristas, pero que constituyen grupos casi “porriles” de clanes, que apoyan a las familias y a las tribus secuestradoras de los servicios culturales bajo cuya sombra vegetan. Sin embargo, como en todo, las nuevas generaciones buscan la independencia y curiosamente en esa misma medida alcanzan proporcionalmente la calidad.

Así que sí hay buenos escritores jóvenes que huyen al DF a estudiar letras hispánicas. Sí, hay buenos pintores que emigran, también, casi siempre, al DF. Conozco una estupenda bailarina que vive en París y a músicos que radican en otras ciudades de Europa. Sobre esto hay un libro del escritor Agustín Cadena que habla sobre la diáspora que ha caracterizado a Hidalgo en todas las épocas y que se acentuó en ésta reciente.

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¿Sientes como un beneficio que Hidalgo esté cercano a la capital del país, o acaso como un perjuicio?

Para algunos de nosotros es un privilegio estar a 45 minutos de la capital. Ahora, para la mayoría de la gente es y ha sido siempre una maldición. Basta ver los vestigios del Virreinato en reales mineros lejanos de la capital, como San Luis Potosí o Zacatecas. Nada de eso encontrarás aquí. ¿Por qué? Porque los dueños de minas no necesitaban construir mansiones ni infraestructura urbana estando, primero, a un día de la capital, luego, a cinco horas, y hoy, como te dije, a 45 minutos o al doble de tiempo cuando hay demasiada carga de tránsito.

 

He escuchado la anécdota de que dedicarte a la escritura fue un hecho accidental en tu vida. ¿Es cierto? ¿Cómo fue tu infancia y de qué manera te acercaste a la literatura?

Hasta cierto punto sí fue accidental. Nací en una pequeña ciudad con 30 mil habitantes. En un mundo de comercio floreciente y de una enorme plaza los jueves, de empresas textiles y de ranchos ganaderos, y en el seno de una familia de pequeños comerciantes y campesinos. Por tanto, nada parecía propiciar mi práctica de la lectura, ya no digamos de la escritura, ¡y menos como profesión! Pero mi madre fue maestra rural y excelente declamadora; además sigue siendo, y cada día más, un espíritu libérrimo. Nos rescató de Tulancingo a mis dos hermanos y a mí para que estudiáramos en el DF. Y consecuentó nuestras extravagancias, al punto de que, cierta vez, nos pusimos de acuerdo para sacarla de sus casillas cuando nos preguntara si ya habíamos pensado qué íbamos a ser de grandes. “Sí”, le dijimos. “Yo quiero ser buzo, yo astronauta, yo egiptólogo”. Teníamos trece, doce y ocho años. Al otro día nos tenía folletos con información acerca de esas actividades.

La literatura se acercó a mí de una manera que se confunde con la forma en que apareció mi madre: de la nada. Cuando llegué, ella ya estaba ahí. Mis primeras letras fueron para hacer un cuento. Crecí escribiendo “pensamientos” a pedido de nadie. Después, en los últimos años de primaria y durante toda la secundaria y la preparatoria, siempre me escogían para escribir textos de ocasión: aniversarios, bienvenidas, actos luctuosos, días de las madres. Y, gracias a un estudiante de la Facultad de Ciencias de la UNAM, que era físico y al que apodaban Newton, descubrí que mi actividad se llamaba escribir y que si alguien escribía no sólo lo hacía para divertirse, para desahogarse o para cumplir en la escuela, sino para compartir sus textos con los lectores curiosos. Como él, como el buen Newton, precisamente.

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¿Piensas que ante la difícil situación económica y política mexicana, la actividad artística y cultura resulta un aliciente, nos reivindica en algo?

Bueno, el arte, la cultura, son lo único que termina por sobrevivir, cuando algo sobrevive, de las historias humanas. Las rapiñas griegas y sus autores se han olvidado merecidamente. En cambio la sublimación de ello, en la obra de los Homeros y de los homéridas, ahí sigue. Por supuesto, creo que la actividad artística y cultural ennoblece a la humanidad, tanto como las acciones canallescas la envilecen. Un mínimo de justicia pondría de un lado a Rulfo, a Orozco, a Silvestre, a Barragán. Y por el otro a quienes gobernaron el país cuando esos artistas vivieron. Pero, a la hora de sacar cuentas, todos pasan como mexicanos. En esto no hay justicia, pasados los siglos todo esto queda en minucias.

¿Cómo, entonces, no aprovechar esta lección de humildad, que al mismo tiempo sirve para entender el cinismo de quienes apuestan al olvido sabiendo que llevan las de ganar? ¿Ser artista? Ok It’s so hard and it’s so beautiful. Pero en absoluto es más que ser albañil, panadero o cirquero. ¡O, a ver, prueba a vivir sin techo, a no comer pan o a renunciar al virtuosismo de quien arriesga la vida tan solo para que abajo en las gradas alguien haga: “¡ Ah…!”.

 

Bibliografía mínima

 Al cielo por Asalto (novela 1979).

La vida no vale nada (novela 1983).

Ahora que me acuerdo (novela 1985).

La gran cruzada (1992).

Río de estrellas (crónicas).

La herencia de los realeños… una huelga en el siglo XVIII (crónicas).

La herencia de Bustamante (historiografía).

Tu eres Pedro (novela histórica).

La visita: un sueño de la razón (novela histórica 2000).

Manifiestos. De asombros y costumbres (ensayos 2003).

Como la vida misma (novela 2005).

La noche (2007).

Olvidar el futuro (2010).

Resonancias (Notas de crítica política, 2011).

La sal de la tierra (2014).

La gran cruzada (reedición 2014).

Como la vida misma (reedición 2014).