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“No pretendo vivir de la literatura, sólo quiero evitar que me arruine”, escribió Gustave Flaubert. Por su parte, en su novela Dublinesca Vila-Matas describe a Riba, un editor arruinado por la era digital, quien sentencia de forma irremediable: “Los escritores, si no son pobres, son pobrísimos…”

El doctor Bruno Estañol, reconocido neurofisiólogo y también un narrador extraordinario, propone en su libro La mente del escritor. Ensayos sobre la creatividad científica y artística, la singularidad de la mente del escritor de ficción por ser producto de un cerebro especializado, y establece entonces la escritura de ficción, más allá del oficio, como una forma de vida ejercida a través de años de práctica y de un dominio técnico articulado con historias surgidas como invención, encuentro, revelación, descubrimiento, recreación o catarsis del escritor.

En un esfuerzo por entender el misterio preciso de la creatividad, Estañol compendia una vasta información en su libro y perfila algunas vías de acceso al fenómeno para intentar iluminarlo:

—La neurofisiología y sus descubrimientos respecto al desarrollo cerebral, la red neuronal y su bioquímica;

—El psicoanálisis y el papel en la creatividad de los sueños, las pesadillas, la condensación y la catarsis;

—La clínica y su elaboración de hipótesis médicas, diagnósticos de niños dotados y de alteraciones y compensaciones cerebrales en ciegos, sordomudos y en artistas;

—La psiquiatría y la indagación de trastornos cerebro-conductuales, la función de la memoria y la necesidad del olvido;

—La literatura, algunos de sus cuentos más reconocidos y las teorías y prácticas creativas de sus autores;

—La antropología y el impulso evolutivo provocado por el dominio del fuego, el descubrimiento de la agricultura, el desarrollo del habla y la invención de la escritura;

—El estudio biológico de la memoria genética almacenada en el ADN y la memoria personal guardada en el cerebro, y también la perspectiva de la cultura como memoria extra-biológica conservada en los libros, bibliotecas y discos duros de las computadoras.

Pero a pesar de su optimismo ante el fenómeno de la creatividad del hombre como elemento humanizador, Estañol sabe de la imposibilidad de captar el misterio preciso de esa creatividad, pues aún con esta vasta información, siempre se nos escapa algo, acaso porque la creatividad viene del lado oscuro del hombre, como decía Ernesto Sábato, o es un hondo instinto en realidad inaprehensible, como lo entiende el maestro Sergio Pitol.

En especial sobre el escritor de ficciones literarias, se destaca este oficio como una “vocación condenada”, pues demanda la renuncia a cosas importantes en la vida, una capacidad casi autista para la soledad y el aislamiento y un esfuerzo sostenido por continuar escribiendo sin esperar recompensa, y todo mientras se lucha por ganarse la vida de cualquier forma posible (como periodista o diplomático, como funcionario cultural o académico, como profesor o tallerista, como guionista o reportero cultural, como asesor de políticos o redactor de sus discursos). La vocación del escritor como un modo específico de “estar en el mundo”, resulta escasamente recompensada, y en el proceso el escritor no sólo sale lastimado sino con frecuencia derrotado, reitera el doctor Estañol.

En el caso del filósofo Peter Sloterdijk, en el centro de su obra se encuentra la preocupación por el ser del hombre y el estado civilizatorio actual. A partir de su obra Normas para el parque humano, estableció que la dinámica de la sociedad actual la ha llevado a la pérdida del humanismo y al encumbramiento de diversos elementos de barbarie. La creciente violencia cotidiana en numerosos lugares del mundo, así como el desvanecimiento de la lectura, la educación y la civilidad como fundamento de la formación de las personas, han afectado sin remedio al cemento de la sociedad global, donde cada vez más los individuos guían sus vidas y su interacción con los demás con base en el ejercicio de la fuerza, el quebranto de la ley y el desenfreno de las pasiones. De manera incendiaria, Sloterdijk afirma que la retirada del humanismo no tiene vuelta atrás, y que los procesos de tensión social y neo-barbarie serán cada vez más profundos y más extendidos en el mundo.

Las penetrantes observaciones de Sloterdijk revelan de manera general un estado de cosas que ha dejado una estela problemática en muchas partes del mundo, México incluido. Lo que el pensador alemán hace ver es que las soluciones para el estado de franca desintegración de los presupuestos de convivencia (educación, civilidad y constitucionalidad) que durante tres siglos se han construido en buena parte del mundo, están ya más allá de la política profesional. No bastará con reformas reactivas, ni con soluciones inmediatas o con el ejercicio desmedido de la fuerza para solucionar los procesos de furia social y descreimiento de la legalidad que se vive en muchos territorios del planeta, sino que es necesario ir más allá. Imaginar, repensar e inventar nuevos cimientos sociales, valores edificantes relucientes y una comprensión del ser humano y su modo de ser en el mundo diversa a la que hasta ahora se ha ensayado en Occidente y las naciones del resto del mundo bajo su influencia.

DE CHAMBAS Y ESCRITORES

A los 17 años Truman Capote publicó su primer relato, “My side of the Matter”, mientras realizaba chambas diversas de pintura y limpieza de graneros en su natal Nueva Orleans.

Norman Mailer tenía 18 años, realizaba estudios en Harvard y trabajaba de lo que podía cuando publicó “Lo mejor del mundo” su primera short-story ganadora de un concurso.

La magnífica Carson McCullers trabajaba con apenas 19 años en una agencia de bienes raíces cuando publicó su primera historia “Wunderkind”.

William Sorayan abandonó gustoso su trabajo de repartidor de telegramas cuando, a los 25 años, fue publicado su primer y magnífico relato, “The daring young man on the flying Trapeze”. Ese mismo oficio de repartidor de telegramas lo desempeñó Henry Miller en Nueva York antes de huir a Europa en los años treinta para escribir su trasgresora novela Trópico de Cáncer.

Tennesee Williams tenía 25 y era mesero cuando apareció publicada su primera narración, “The field of the blue children”.

Nelson Algreen escribió “So help me”, su primera historia exitosa, mientras atendía una estación de gasolina.

Y aun Charles Bukowski, luego de publicar sus primeros poemas y ficciones, siguió trabajando como cartero 12 años más antes de poder dedicarse de lleno a la escritura.

Todos estos pesos completos de la literatura estadunidense estaban más o menos en bancarrota cuando iniciaron sus carreras literarias. A los pocos años, gracias a diversas revistas literarias que pagaban bastante bien, como Story, Squire y Maidmoselle, lograron sus primeros buenos salarios y ya encarrerados sus primeros libros con fama y fortuna. En la literatura inglesa el escritor realiza una tarea más profesional, en el sentido de un oficio más aceptado y respetado; no obstante, abundan también los ejemplos de escritores que iniciaron su carrera (y aun la continuaron) en plena miseria, como el célebre caso de Dylan Thomas.

Como era de esperarse, en la literatura alemana las cosas son mucho más serias, y un escritor, si se dedica enteramente ello, puede ganarse la vida generalmente al amparo de las academias o instituciones culturales. Y en cuanto a las literaturas rusa y centroeuropea, puede hablarse de escritores generalmente pobres si no están protegidos por el ámbito cultural institucional.

Por lo que toca a los autores franceses, de Rabelaise a Stendhal, Flaubert, Proust o Mauppassant, sus problemas más que económicos eran de índole menos vulgar y más francesa: los torturaba la melancolía, la depresión, la certeza de la imposibilidad de lograr la expresión artística a la medida de su ambición a pesar de las haciendas y recursos heredados de sus familias de médicos, profesionistas o militares. Pero también abundaron los románticos miserables y los bohemios de las vanguardias dadaístas y surrealistas, en cuyo programa debía cursarse una buena dosis de miseria y hambre. Otros como Balzac, se sabe, pudieron hacer dinero de negocios oscuros aprovechando los cambios políticos. Pero al final siempre estuvo la Academia Francesa y el Cementerio de Montmartre o, en el mejor de los casos, el cementerio Père Lachaise, donde están sepultados artistas, escritores, músicos.

Así, en la mayoría de estas culturas literarias europeas (exceptuando quizá a la rusa), los escritores pueden acceder a decorosos niveles de vida luego de haber iniciado su carrera, y muchas veces llegan incluso a vivir de y para la literatura.

En el caso de la literatura latinoamericana en general y la mexicana en particular, la escritura se inició como crónica de soldados (Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés), como denuncia de monjes y clérigos (Bartolomé de Las Casas) y luego como labor de doctos y eruditos complacientes con la retórica cursi y grandilocuente que exigía la corte virreinal y la Corona española. Por educación y cultura, la escritura fue ocupación gratuita de clérigos, monjas y religiosos, de cortesanos y burócratas, quienes además desempeñaron tareas para la Iglesia y el gobierno Virreinal a fin de ganarse el pan.

Muchos escritores mexicanos de principios del siglo XIX, independentistas, románticos y liberales, fueron además maestros, funcionarios, burócratas, diputados y hasta aguerridos generales del ejército libertador, y aún así no dejaron de padecer dificultades económicas para subsistir y para pagar la edición de sus libros, tal como lo recuerda el mismo Altamirano en su diario. Fue durante el segundo cuarto del siglo XIX cuando los escritores mexicanos encontraron uno de los oficios que les permitiría dedicarse con mayor profundidad a las letras, a la vez que les brindaría la oportunidad de ganar algo de dinero para vivir: el periodismo. Y ese periodismo del XIX mexicano, ya se ha dicho y documentado en buena medida, es una de las fuentes más ricas de nuestra literatura; muchas veces la obra de excelentes autores se encuentra dispersa en revistas y periódicos de los muchos y extraordinarios de la época.

Al iniciarse el siglo XX la modernización del periodismo trajo también la especialización del trabajo y con ella al reportero, ese extraño producto contemporáneo que comenzó a desbancar de las tribunas periodísticas a los literatos del XIX. Los escritores (para bien) no tuvieron más recurso que afinar sus trabajos periodísticos, defenderse con su estilo, su talento y su impulso literario de la nueva generación periodística y reporteril, la cual, en la inmediatez del reportaje, la nota diaria y apresurada, suele olvidar la sintaxis y la prosodia. Las tareas periodísticas dieron literalmente sustento económico a buena parte de los escritores de la generación del romanticismo, pero sobre todo a los modernistas —Othón, Nervo, Gutiérrez Nájera, Tablada y demás— quienes además de renovar la poesía renovaron también la prosa en crónicas, notas de crítica y comentarios literarios, diarios, artículos y memorias de factura plenamente artística. El mismo poeta López Velarde cobró también fama por sus artículos periodísticos, recopilados en su obra completa. De ahí también el surgimiento de los finísimos trabajos periodísticos de Novo, Villaurrutia, Cuesta, Owen, etcétera, quienes al cerrarse la opción de ser funcionarios vasconcelistas desde mediados de los años veinte, y al no poder vivir plenamente de su literatura, nutren las revistas y los diarios mexicanos con su vasta cultura y su brillante e inteligente escritura.

Al periodismo como fuente alterna e importante de recursos económicos para los escritores, se unen entonces otras tareas y oficios como la diplomacia y los cargos gubernamentales y académicos. En la segunda mitad del siglo XX, los escritores todavía encuentran e impulsan espacios valiosos para publicar sus trabajos, sus crónicas y ensayos y ganar así algún dinero a través del periodismo cultural, desarrollado desde finales de los años cuarenta al impulso de Fernando Benítez, Luis Cardoza y Aragón, Juan Rejano entre otros escritores. Y si Rulfo era un gris archivista cuando publicó Pedro Páramo y Sabines distribuía alimento para animales al tiempo que escribía poesía, en el otro lado de la balanza (o de la vida) Fuentes y Paz pudieron ser diplomáticos y embajadores.

Aún hoy, las actividades paralelas parecen ineludibles para cualquier escritor mexicano ante la imposibilidad de vivir de sus libros. En este siglo XXI los escritores se dedican al periodismo, los puestos públicos, los grados y las plazas académicas, las conferencias, la investigación en diversas instituciones públicas y algunas privadas, la edición de revistas y libros, la corrección (Canta, oh Musa, la pena del corrector), en mucho menor medida la diplomacia, algunos a la publicidad (donde un jingle o un slogan pueden dejar más dinero que un libro) y sobre todo han encontrado otra fuente de empleo en los medios de comunicación (como asesores, consultores, integrantes de mesas redondas y programas de discusión, guionistas o participantes permanentes en programas de radio y televisión cultural).

Estos son hoy los trabajos más socorridos para que los escritores puedan seguir escribiendo y publicando en un país que no paga ni los whiskys necesarios para escribir un libro, ni muchos menos la terapia para atender las tensiones nerviosas y problemas creativos generados por la vocación literaria. En un mundo así, qué papel desempeñan la escritura y la lectura, y a qué clase de vida y de trabajos están destinados los escritores. Como no tengo respuestas a estas preguntas, finalizo por ahora reiterando el aserto de Gustave Flaubert con el que inicié estas líneas y cuyo poder hipnótico me tiene aún en transe. La frase del escritor francés simplemente aclara: “No pretendo vivir de la literatura, sólo quiero evitar que me arruine…”.