Esta cartografía literaria trazada a partir de tres ensayos críticos ofrece las coordenadas de un retrato en tres dimensiones de Yukio Mishima: su longitud y vacío reflexionados a través del texto de Marguerite Yourcenar; su latitud rebelde calibrada en el ensayo de Henry Miller, y su profundidad radical sondeada en la pluma critica de José Joaquín Blanco.

Nacido el 14 de enero de 1925, Yukio Mishima (Kimitake Hiraoka), fue candidato al Nobel por una obra compleja y extraordinaria con momentos superiores de la narrativa de la segunda mitad del siglo XX. Cuando el escritor Yasunari Kawabata recibió este reconocimiento a mediados de los años sesenta, comentó: “No entiendo por qué me dieron a mí el Nobel y no a Mishima; un genio de la literatura como él aparece en la humanidad cada dos o tres siglos”.

Varios críticos han escrito diestras páginas sobre la literatura de Mishima y se han aproximado a los aspectos sicológicos y las razones profundas que lo impulsaron al suicidio ritual samurai, el seppuku, aquel 25 de noviembre de 1970, en el esplendor artístico y físico de sus 45 años.

Contrasto aquí las visiones de tres escritores: la francesa Marguerite Yourcenar, el estadunidense Henry Miller y el mexicano José Joaquín Blanco. Cada uno se aproxima a Mishima desde su cultura, su percepción y su particular lectura de la obra del japonés, dando como resultado un original retrato vital, artístico y literario.

De un centenar de obras escritas por el japonés —relatos, novelas, obras de teatro “No”, ensayos y conferencias— destaca una docena de obras mayores, a las cuales se aproximan los ensayos siguientes. Estas obras son las novelas:

Confesiones de una Máscara (1949), precoz, inusitada y escandalosa autobiografía a sus veinticuatro años.

Sed de Amor (1950), obra que revela una subversión de los valores matrimoniales tradicionales del Japón.

Colores Prohibidos (1951), la planeada venganza de un escritor exitoso y viejo que recibe el repudio y desprecio burgués por su temperamento marginal, solitario, cáustico y ajeno al melodrama y la cursilería.

El sonido de las olas (1954), uno de sus libros más exitosos y de los pocos donde trabaja un tema en apariencia feliz, ocurre en una isla ideal donde los rituales de los pescadores se cumplen con modestia y dignidad.

El Templo del Pabellón Dorado (1956), acaso la más conocida novela de Mishima, cuya anécdota fue tomada de la nota roja y conjunta la escritura literaria con la exploración de temas místicos como las prácticas del shinto (la creencia espiritual más extendida en Japón), el Zen, la meditación, la perfección y el vacío, la belleza física y espiritual contrastada con la deformidad.

Después del Banquete (1960), también basada en un hecho de nota roja, costó a Mishima una demanda por difamación.

El Marino que perdió la gracia del mar (1963), novela sobre la crueldad que sorprende aún más porque la violencia asesina es infligida por niños.

La Música (1965), una novela centrada en las prácticas sexuales y eróticas (tema común en su obra) y en el placer extremado.

Sol y Acero (1968), funde la vida de Mishima con la estética de la novela, en un afán por alcanzar la ambición de unir arte y vida.

—El cuento Patriotismo (1966), destaca porque anticipa el suicidio ritual que Yukio cumplirá en su vida. El ritual samurai seppuku consiste en el hara-kiri con sable y la decapitación inmediata a manos de otro participante, para no prolongar el sufrimiento del suicida. En la realidad fue Morita, el hombre de confianza de Mishima dentro de su pequeño ejército privado, el que decapitó al escritor japonés aquella mañana de noviembre de 1970, luego de que éste arengara a los soldados a recuperar las Jieitai (Fuerzas Armadas de Japón), como verdaderos bushi (guerreros samurai), corazón y última esperanza del pueblo. Inmediatamente después de la decapitación ejecutada por Morita, éste cumplió también con su hara-kiri y decapitación rituales. Una dramática versión de este cuento fue llevada al cine con la actuación del propio autor.

—Finalmente su tetralogía El Mar de la Fertilidad, nombre tomado de la vasta llanura lunar donde, literalmente, no hay nada. Cuatro novelas: Nieve en Primavera (1968) Caballos desbocados (1969), La perdición del Ángel (1970) y El Templo de la Aurora (1970). Obra de largo aliento en donde Mishima plantea el desarrollo de tres generaciones de una familia y sintetiza las transformaciones experimentadas por el Japón en el siglo XX, en particular una occidentalización a la que Mishima siempre se opuso, y una americanización que despreció, añorando para su país los valores de disciplina, sacrificio y estoica supremacía samurai.

Longitud y vacío

Marguerite Yourcenar apuesta por el distanciamiento en un esfuerzo de objetividad y perspectiva. Se distancia de entrada advirtiendo la dificultad de juzgar a un escritor que funde el atractivo del exotismo con la desconfianza ante el exotismo. Su ensayo se publicó en 1981 y su título hace referencia al Zen, una de las muchas disciplinas espirituales y físicas a que se sometió el autor japonés. Mishima o la visión del vacío parte de una perspectiva académica y ejerce la muy gala costumbre de escribir sobre autores o temas con el fin de “darlos de alta” para el conocimiento académico institucional francés y con ello otorgarles carta de naturalización dentro de “la cultura occidental”. El tono tiene también algo de sicologista, aun con la advertencia sobre el error de reducir el “fenómeno” Mishima a sus patologías, si algunas.

En su análisis de las novelas de Mishima, madame Yourcenar busca los síntomas, las claves, los mensajes que le permitan clarificar cómo Mishima se aproximó a su final suicidio. En la mayoría de sus obras el novelista abunda en escenas reveladoras: muertes, crueldad, vacío. Los indicios son múltiples, las señales esparcidas demasiadas. Solitarios y marginales, los personajes de su creación perfilan ya de origen una anomalía, una insatisfacción que, en efecto —abunda Yourcenar—, acaso era del propio Mishma ante la realidad de su país. Su afán de perfección y dignidad, sus prácticas budistas y Zen, su interés por el bushido, la disciplina, el entrenamiento físico y la vida samurai, así como sus múltiples escritos sobre el tema, chocaron siempre con la realidad de la modernización, la penetración occidental y el sometimiento silencioso del Japón de la posguerra. Una realidad vulgar y opuesta a esa otra realidad simbólica y profunda, la de los valores y tradiciones niponas, a los que la primera extinguía cada día más.

La autora francesa se interesa también por explicitar varios de los conceptos clave de la religión del shinto, de la disciplina samurai y del bushido, pero sobre todo por indagar en los temas budistas que Mishima despliega de forma irregular en su final tetralogía. Excesos en torno a conceptos como el del vacío del yo, la nada, la impermanencia, la transmigración, la reencarnación, frenan el análisis de la propia obra de Mishima y se desvían por caminos laterales. Temas más cercanos al autor, como la rebeldía, la violencia, su actitud radical, su situación como homosexual, sus compulsión por vestirse como banquero y actuar como tal, sus inclinaciones fascistas, elementos todos expresados en su obra, pasan con rapidez por el análisis de Yourcenar. Con todo, la francesa acaba por situar a Mishima en un horizonte longitudinal desde una perspectiva occidental, lo que no resulta del todo extraño tomando en cuenta que el propio Mishima había asimilado no sólo su cultura japonesa (literatura, estética, artes plásticas, artes marciales, tradiciones religiosas), sino también la cultura occidental: viajó a Grecia y amó a los griegos, profundizó en Proust y Radiguet, corrió mundo, fue amigo de Truman Capote y, formalmente, escribió más como occidental —en perspectiva, composición, estilo, utilización del tiempo, linealidad de la narración— a excepción de las novelas de El Mar de la Fertilidad, donde la perspectiva asciende y la acción se despliega vista “desde arriba”, como una imagen propia de los dibujos y la ideografía japoneses.

Latitud rebelde

Henry Miller apuesta a su identificación con el rebelde como mecanismo de asedio a la figura de Mishima. Sus conexiones y simpatías son muchas: tiene una esposa japonesa, la cultura oriental siempre lo ha seducido, es ya un hombre mayor y “sabio” y ha practicado el Zen. Su ensayo Reflexiones sobre la muerte de Mishima se publicó en The Weekly Post de Tokio en 1971, apenas unos meses después del final trágico del autor japonés. Su versión en español fue editada con modestia pero de manera por demás completa por la UAEM, con prólogo, traducción, notas y apéndice de Juan Vicente Anaya. El libro incluye el discurso de Mishima ante las Fuerzas Armadas de su país momentos antes de su suicidio, varias prosas sueltas, un poema y una breve cronología además de la bibliografía y un listado mínimo de ediciones de los libros de Mishima en inglés francés y español.

Miller parte de una revisión de todos lo prejuicios occidentales sobre los japoneses en general y sobre Mishima en particular: de exótico a fanático y de incomprensible a enfermo, para rescatarlo con la simpleza de un viejo sabio: «¿A qué dedicó su vida? —se pregunta Miller—, a la construcción de un hermoso cuerpo, a su arte, a la restauración del espíritu samurai». Y destaca el toque de nobleza artística que tuvo la dolorosa muerte de quien califica como un patriota en el mejor sentido. Miller se niega a purificarlo (conoce todas las acusaciones que pesan sobre las conductas execrables de Mishima) o a condenarlo, porque no es juez. Sólo habla de lo que él siente que pensaba Mishima de la occidentalización del Japón, y pocos como Miller sabían de los peligros de esa epidemia. Así profundiza su alegato político sobre la actitud y la decisión final de Mishima, la cual dignamente respeta al asemejar a los samurais y kamikazis con los espartanos. Miller toca la obra de Mishima en algunas citas, pero como era su lírica costumbre, su prosa se extiende, salta y chisporrotea plena de hallazgos en torno a la actitud Zen de Mishima mientras ahonda sus críticas a la sociedad occidental. Reitera su admiración por la intención ritualista japonesa que aún conserva lo apolíneo y donisiaco de la existencia, y su rechazo a la pesadilla de aire acondicionado, progreso y eficiencia de Estados Unidos, “país sin tradición respetable”. «Yo soy un delincuente como usted, querido Mishima, al tratar de hacer del mundo un mejor lugar para vivir», insiste. Luego recuerda la fotografía en la portada de la revista Life, con las cabezas cortadas de Mishima y Morita simétricamente depositadas en el piso de la oficina militar. Una escena que había horrorizado a la Yourcenar y ante la que Miller afirma que de haber conocido a Mishima lo hubiera hecho reír hablándole de ángeles budistas, del Zen, la literatura europea y la fisiología del amor en Oriente y Occidente.

Finalmente rescata el afán mishimiano esbozado en su novela Sol y Acero (1968): unir el arte y la vida.

Profundidad radical

José Joaquín Blanco apuesta por la cualidad específica de un “temperamento mishimiano” para aproximarse desde ese ángulo a la obra del japonés. Esta construcción de un temperamento, una temperatura, puede hacer “mishimiana cualquier cosa”, nos dice en su ensayo de 1978 Mishima: Los beneficios del desastre (En Retratos con Paisaje. Ensayos de Crítica, UAP, 1979), donde perfila las influencias en Mishima —la nota roja, la cultura popular japonesa, la violencia, los filmes y cómics samurai y las artes marciales. Ante la evidente occidentalización en la técnica narrativa de Mishima, sus descripciones lineales, sus diálogos y digresiones, Blanco confirma que su aportación no es formal o estilística, sino que radica en el “temperamento” de sus personajes, cuyas variaciones de intensidad los convierten de personas comunes en trastornados radicales. Blanco nos deja ver cómo a través de procedimientos narrativos convencionales, la subversión en Mishima no es literal ni anecdótica, sino profunda y casi clandestina.

Su visión crítica se acerca también a los personajes de Mishima como marginales, extremados, radicales, violentos, patológicos y siempre solos, sin red de protección o grupo marginal solidario que los apoye, lo que da una idea del aislamiento y la soledad en la que se construyen narrativamente estos seres literarios y sus intensidades temperamentales. El adolescente incendiario de El templo del Pabellón Dorado, los niños asesinos de El Marino que perdió la gracia del mar, el escritor envejecido de Colores Prohibidos, son personajes absolutamente intensos. Temperamentalmente, el joven es capaz de incendiar el templo cuya perfección lo martiriza; los niños son capaces de asesinar a ese marinero, emblema del extraño venido a tomar a su madre (la invasión extranjera de la patria), y el escritor es capaz de vengarse de las mujeres mediante la humillación y el despreció. Incluso hay algo anómalo en los jóvenes enamorados de la arcádica narración El sonido de las olas, quizá precisamente la certeza oscura de que todo es demasiado idílico y armónico para ser verdad.

Con estas claves, Mishima se vuelve más tangible, acaso más comprensible a través de su obra que a través de su compleja y cambiante vida. Las visitas críticas de Blanco a las novelas de Mishima dan un necesario trazo de profundidad radical a este retrato.

 Epitafio

El nombre budista póstumo de Yukio Mishima fue Shobuin Bunkan Koi Koji, que se traduce: Descansa el Espíritu Budista de la Literatura y las Artes Marciales. Espejo de Cultura: Kimitake Hiraoka.