Cesare Pavese (San Stefano Belbo, Piamonte 1908-Turín 1950), es una cima de la literatura italiana. Nos dejó su valorada poesía, su extensa narrativa, un diario imprescindible sobre el oficio de vivir, y un ejemplo de coherencia y honestidad intelectual intensificado por su trágica decisión final. Aquí lo acompañamos en su último recorrido el sábado 26 de agosto de 1950.

Pavese por Marco Ventura

 El poeta pasó la mañana del sábado en la residencia familiar de la Vía Lamarmora.La construcción de dos plantas, terraza y un pequeño jardín, transpiraba la atmósfera pacífica de esa zona urbana de clase media. Rememoró entonces los citadinos años escolares vividos en esa sofisticada Turín, joya arquitectónica tendida a las márgenes del río Po en el noroeste italiano.

Añoró luego la tierra de su niñez. El cálido poblado de San Stefano Belbo dormitando en las colinas del Piamonte, sus verdes senderos y la frescura de sus arroyos, las fogatas nocturnas amparadas por la luna, los interminables viñedos fluyendo en la sangre del niño des nueve años ya tensado sobre sí mismo mientras se observa vivir. Esa tierra del eterno retorno donde nació en 1908 latía en su ser profundo.

Casa natal de Pavese en Santo Stefano Belbo, Piamonte

Escuchó en la planta baja los pasos de María, su hermana mayor. Sus tres hermanos habían muerto antes que él naciera, su padre murió luego, de un tumor cerebral. Su madre sobrevivió viuda más de tres lustros antes de fallecer. Como era habitual en sus viajes de fin de semana, al mediodía preparó la maleta con lo indispensable: algo de ropa y artículos de aseo personal, su diario, la estilográfica y el libro que consideraba su apuesta mayor: Diálogos con Leuco.

A media tarde bajó la escalera y avisó a su hermana de su partida. Se despidió con un gesto y salió de la casa. El viaje en tranvía hacia la estación ferroviaria de Porta Nuova revivió en él la ciudad de su juventud y madurez:la Turín culta de sus primeras amistades y dolidos amores, la urbe contenida de la dictadura, la ciudad inmóvil y asfixiante de entreguerras, la capital industrial del norte bombardeada por los nazis, la metrópoli liberada y floreciente de la posguerra.

 

Bajó del tranvía en la Plaza Carlo Felice

Al bajar del tranvía se dirigió a la estación. Cierto aturdimiento repentino lo obligó a hesitar en medio de la gente, su crónica misantropía lo impulsaba a cambiar el rumbo. Se encaminó a la vecina Plaza Carlo Felice y se detuvo trémulo frente al número 60 de la cosmopolita Vía Roma, bajo los arcos y la fachada neoclásica del Albergo Roma. Tras un breve titubeo entró y pidió una habitación con el sólo lujo de un teléfono. Le entregaron la llave de la habitación 346 en el segundo piso.

El Albergo Roma en 1950

Unos días antes había enviado un mensaje a Pierina, la joven con quien había tenido una aventura efímera en Bocca di Magra, un balneario de pescadores en Liguria. “¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de reconocimiento que una mujer dirige a un hombre?”.

El poeta pidió una llamada telefónica. La operadora lo comunicó con una mujer. Nada, no hay posibilidad de que lo acompañe a cenar. Pide otra llamada y sucede lo mismo. Una tercera llamada es para la mujer con quien hace años deseó casarse, Fernanda Pivano, ahora su amiga más cercana y compañera de la editorial Einaudi. Después del distanciamiento han saldado sus cuentas pendientes. Ella lo quiere bien y seguro iría a encontrarlo en algún bar de Turín si no tuviera al esposo enfermo. El poeta desespera y entrada la noche pide una última llamada. La mujer al otro lado de la línea responde desde un salón de baile de manera tan directa, que la telefonista recordará literalmente sus palabras: “No voy porque tienes mal genio y me aburres”.

El poeta no ha comido, desespera de un lado a otro de la habitación. Lee “El Inconsolable” de los Diálogos con Leuco, donde subvierte de manera aún más trágica el mito clásico. Orfeo vuelve intencionalmente el rostro para mirar a Eurídice salir del Hades. Ese acto le impedirá a ella escapar de aquel infierno y a él amarla en la tierra. Según el poeta, este fue un acto conciente de Orfeo ante la imposibilidad del amor.

Imagina entonces a Rosetta, personaje de su novela Entre mujeres solas, quien se suicida ingiriendo somníferos en un hotel solitario, abandonada por todos excepto un gato. En su cabeza escucha a Tina, “la mujer de la voz ronca”, su novia primera a quien encontró casada al retornar del exilio adonde lo envió la dictadura en Brancaleone. Evoca sin amargura a Constance Dowling, su último amor, también frustrado. Actriz estadunidense a quien dedicó su libro Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Cesare con la actriz Constance Dowling

Es de madrugada cuando el poeta, de pie junto a la cama, coloca los Diálogos con Leuco sobre el buró iluminado por una lámpara de noche. Acomoda también los sobres de Veronal y el vaso con agua. Entra al baño y desconoce el rostro en el espejo. “Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”, anotó una semana antes en la línea final de su diario El oficio de vivir. Regresa a la habitación, se quita el saco y los zapatos. Sentado a la orilla de la cama escribe unas líneas sobre la primera página de los Diálogos… y deja abierto el libro con la estilográfica encima. Poco a poco va disolviendo el polvo de los sobres del químico en el agua del vaso. Bebe impávido y se tiende en la cama boca arriba, cierra los ojos, descansa. Un acto de libertad para librarse del destino, piensa. ¿O acaso el cumplimiento de un destino inevitable?

Nada sucede en el Albergo Roma esa mañana del domingo 27 de agosto de 1950. La ciudad se amodorra al final de las vacaciones de verano. Atardece con calor mientras el ferragosto de asueto se sucede en las playas, en los balnearios, en la campiña piamontesa. A las ocho treinta de la noche un camarero llama a la puerta. El huésped no se ha dejado ver en todo el día. No hay respuesta. Vuelve a llamar dos, tres veces más. Al fin golpea con fuerza y presiente algo. Se decide a forzar la cerradura. En el momento de abrir la puerta un gato se escabulle untuoso. El poeta está muerto. Yace serio, atildado, compuesto a sus 42 años. A su lado el saco, los zapatos al pie de la cama. En la mesa de noche el camarero encuentra el vaso, los sobres vacíos, el libro abierto donde lee: “Perdono a todos y a todos les pido perdón. No hagan mucho chisme…”.

Ciao Pavese…