En su ensayo “El sueño de la herencia integral” contenido en su libro Un encuentro (Tusquets, 2009) Milán Kundera se pregunta porqué, luego de la invasión a Checoslovaquia, en una de las etapas más oscuras de la vida de su país y de la suya propia, se enamoró de la música innovadora y casi indescifrable de Iannis Xenakis (Rumania, 1922-Francia, 2001) y no, en cambio, de la música nacionalista, folclórica y popular de Smetana. Alivio es la palabra clave, Kundera sentía alivio con la música de Xenakis, y al indagar en qué consistía ese alivio esboza una de las tesis más arrojadas del libro: la de la barbarie sentimental. Primero recuerda las palabras de Jung en su prólogo a la novela Ulises, donde llama a James Joyce «profeta de la insensibilidad»:

«Disponemos de algunos puntos de apoyo para comprender que el engaño a que nos conducen los sentimientos ha adquirido proporciones realmente inconvenientes. Pensemos en el papel del todo catastrófico de los sentimientos populares en tiempos de guerra […] La sentimentalidad es una superestructura de la brutalidad»

La novela puede escaparse de la sentimentalidad, pues como categoría estética no está necesariamente vinculada a la sentimentalidad del hombre. Pero la música para la mayoría de los oyentes es una expresión de los sentimientos (aunque Stravinsky rechazara esta concepción). Es la maldición de la música, su lado tonto, continua Kundera. Basta que un violinista toque las primeras notas de un largo para que el oyente sensible suspire «¡Oh, qué hermoso!».

La música es la expresión de una subjetividad que se opone a la sonoridad objetiva del mundo exterior, a la sonoridad en bruto. Pero la sentimentalidad, considerada como una fuerza que humaniza al hombre ante la frialdad de su razón, puede revelarse también como la «superestructura de la brutalidad», siempre presente en el odio, la venganza, en las victorias sangrientas.

En Xenakis la música es otra cosa y está desprendida del sentimentalismo. La belleza libre de la suciedad afectiva, desprovista de la barbarie sentimental. Para lograr esto Xenakis tuvo que salir de la música. A diferencia de Debussy o Schönberg, quienes siempre mantuvieron el hilo con la historia de la música, la innovación de Xenakis es romper ese hilo, esos lazos, desviarse de toda la música europea, desligarse de su herencia y componer exteriormente con la sonoridad del mundo, ajeno al sentimentalismo humano.

En medio de la catástrofe que parecía extinguir a la invadida Checoslovaquia, a punto de ser engullida por la homogeneización cultural de la Rusia expansionista, lo que reconforta a Kundera es la objetividad exterior, la sonoridad del mundo recuperada por Xenakis, limpia de la barbarie sentimental (en la que ya se halla sumido entonces el pueblo Checo). Por eso Kundera siente alivio con la música de Xenakis y su “Rechazo integral de la herencia”.