Ricardo Cohen Rocambole-BoxeadorGuante

Ricardo Cohen / Rocambole box

Este blog de astucias literarias arrancó en junio de 2012 gracias a la hospitalidad de la revista Nexos, a la cual he considerado mi casa desde hace más de 25 años y donde he colaborado desde finales de los años ochenta. Ahí me han recibido siempre con amistad y calidez invariables. De igual forma, y como siempre, gracias.

Tal como asenté en la primera entrada a estas páginas, el nombre “astucias literarias” procede de las columnas periodísticas y los programas de radio y televisión protagonizados por el excepcional cronista y escritor mexicano Ricardo Garibay. Nacido en Tulancingo, Hidalgo, en 1923, y quien hubiera cumplido noventa años el pasado mes de enero si la muerte no lo hubiera encontrado en Cuernavaca, Morelos, en 1998, Garibay tomó esta acepción del filósofo Emilio Uranga, quien publicaría luego un libro así titulado.

 

   Ricardo Garibay

GaribayPara festejar el primer aniversario de este blog va esta original astucia literaria, destellante y polémica, del propio Ricardo Garibay. Es una suerte de perorata o diatriba en deslustre del deporte sangriento y brutal del pugilato, escrita con una prosa espléndida, intensa, de emotividad e iracundia notables.

Tomada de su libro Paraderos literarios (Joaquín Mortiz / Planeta, 1995), la pieza sorprende doblemente al provenir del autor de la legendaria crónica “Las glorias del gran Púas” y de varias de las más veraces y duras páginas de narrativa de boxeo de la literatura mexicana (cuentos, entrevistas, reportajes, memorias, crónicas). Garibay practicó ese deporte y lo entusiasmó siempre, acaso hasta el tiempo de esta apunte revelador (o así se presiente), cuando ya se acercaba a los setenta años.

Por la fuerza extraordinaria de su prosa, su original adjetivación y la exultante contundencia de su estilo, va entonces esta astucia literaria de Ricardo Garibay con la invitación a festejar los noventa años del nacimiento del escritor y el primero de estas astucias literarias.

 

Cuentos de boxeo

He venido leyendo desde hace tres semanas Cuentos de boxeo, edición de La Habana revolucionaria, 1981, dos tomos, novecientas páginas; obra que es una mezcla de cuentos, crónicas y reseñas de las principales peleas en rings desde 1788 hasta 1972, cuando se alzó con el título en Munich el invencible olímpico Teófilo Stevenson.

Tengo los ojos llenos de zafarranchos, las orejas retacadas de secos estallidos de puñetazos, la imaginación enclenque, el espíritu por completo vacío.

 

Anton Kropotkinski

Anton Kropotkinsky

 Me entusiasma el boxeo, lo he practicado y en varias temporadas de mi vida se me ha vuelto obsesión, y ahora, al fin, vengo viendo su banalidad y la vesania o imbecilidad profunda que lo asiste. Sólo con eso se explica que alguien le dedique su juventud y su cuerpo, y más aún, sólo con eso se explica el aturdimiento colectivo que despierta. Hay día en que toda una nación vive estéril, pendiente de la golpiza que en el “rudo combate de puño” dé o reciba, a cinco mil kilómetros de distancia —oh caja idiota omnipresente—, un compatriota analfabeta.

 Y es que el sentido heroico de la vida, en el cruel enanismo de nuestro siglo, ha acabado refugiándose en los encuentros de boxeo, donde la masa inmensa de los pueblos emboza su falta de reciedumbre, su nostalgia de barbarie original.

La cosecha literaria del box es el vacío, como miseria económica y moral, como tara mental, como desesperanza. El púgil ha de acabar convertido en el bagazo de la sociedad canalla, en desecho de los publicistas y los apostadores. No hay ni un caso siquiera de alegría, de lucidez, de triunfo, de cumplimiento de las esperanzas del muchacho en su primera juventud. ¿Quiere el escritor una historia de veras dramática, un final de narración estrujante doloroso de veras? Ahí lo tiene, a escoger entre los miles de hombres de cuarenta años, estrábicos, aturdidos, de habla tartajosa, lengua mutilada, oficio servil, que pasaron por algún ring de algún barrio lumpen de cualquier ciudad. Ahí hay historias mil, todas igualmente áridas o intrascendentes, todas cargadas del tedio de dar y recibir porrazos, y sólo eso.

 

John Murawski

Jon Murawski

 

La nada queda en uno, de leer novecientas páginas de bofetadas. Qué sentido tiene asistir a esta animalidad tecnificada, a esta tosca frivolidad que ya Homero, hace veintiocho siglos, miraba desdeñosamente. Cuánta inutilidad en la vida de un hombre, del que otros hombres, cínicos y ventrudos, se enriquecen. Yo mismo, para levantar mi literatura en el boxeo, he tenido que recurrir a los finales desastrosos que he visto como norma general de la existencia de los boxeadores. De mis escasos salarios les he dado limosnas que ellos han agradecido hasta la abyección, ellos, que en noches de gloria llevaron el alarido a las desharrapadas multitudes de obreros y prostitutas que los adoran.

thumb[1]Paraderos

Paraderos literraios de Ricardo Garibay, 1995 / Hisotrias del ring, Ediciones Cal y arena, 2012

Epílogo del bloguero:

Como diría el propio Garibay: ¡Leñe…!