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El arte literario mayor es la novela, dice Milan Kundera en El Telón. Ensayo en siete partes (Tusquets, 2005), y por ello propone al novelista como autor original de narraciones refractarias a dar lecciones, a ofrecer vidas ejemplares, dar orientaciones filosóficas o proponer modos de vida. El novelista escribe novelas que no explican nada; se escriben para no tener que explicar ideas o sentimientos. “Explicar una obra artística resulta tan penoso como explicar un chiste y esa intención está condenada a su peor destino: no tener ninguna gracia”, afirma el crítico Rodríguez Genovés hablando del autor de La Broma, La vida está en otra parte, El libro de la risa y el olvido, La insoportable levedad del ser y La despedida, todas novelas escritas originalmente en checo, al igual que los relatos de El libro de los amores ridículos.

Ante las diferentes formas de entender la realidad —científica, moral, ética, política, sociológica— Kundera arriesga el arte de la novela como forma única de abarcar y tocar la esencia humana, de llegar “al alma de las cosas” con un lenguaje personal. El poeta, el ensayista, el crítico, el filósofo usan sus recursos, pero el novelista inventa una forma de saber, comprender y entender la realidad al plantear la novela como método capaz de ofrecer un conocimiento excepcional de la vida y la existencia humana. “Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Ésta es la razón de ser del arte de la novela”.

En su planteamiento ético y estético, el ensayo explicita la continuidad de la novela dentro de la historia del arte, diferenciándola, por ejemplo, de la historia de la ciencia, disciplina que avanza y evoluciona, donde un descubrimiento rebasa al anterior y, a su vez, queda atrás cuando otro nuevo, más evolucionado y moderno, avanza más allá. La historia de la ciencia tiene el carácter del progreso y junto con la historia de la técnica depende poco del hombre y su libertad, pues obedece a su propia lógica y no puede ser distinta de lo que fue y será. Un descubrimiento tras otro.

Pero la historia del arte es distinta, y particularmente la de la novela. Una novela moderna no es necesariamente mejor ni más evolucionada que una novela romántica o una clásica. El arte no evoluciona, un Picasso no es mejor que un Rubens; o un Klee que un Goya, simplemente cambian sus valores estéticos, son distintos. La historia de la novela es autónoma, es decir, no guarda relación con la Historia a secas ni con el desarrollo de la ciencia. “Aplicada al arte, la noción de Historia no tiene nada que ver con el progreso; no implica ni un perfeccionamiento ni una mejora ni una progresión. Es más bien un viaje emprendido para explorar tierras desconocidas e inscribirlas en un mapa. La ambición del novelista no es hacerlo mejor que sus predecesores, sino ver lo que aquéllos no han visto, decir lo que aquellos no han dicho. La poética de Flaubert no desmiente a la de Balzac, de igual manera que el descubrimiento del Polo Norte no anula el de América”.

Sin embargo algo nos impide caer en el absurdo de crear una novela romántica del XIX en pleno siglo XXI. Kundera ejemplifica con la música: una obra creada hoy que sonara a Beethoven, aunque fuera un Beethoven perfecto, sonaría monstruosa, banal, estúpida. ¿Qué es lo que da permanencia a unas novelas sobre otras, ya sean clásicas o modernas? Kundera reivindica el canon artístico, el valor estético. Sólo un valor estético objetivo (asumido y vivido como experiencia existencial) da sentido a una historia del arte. Así se entienden la gran novela inglesa del siglo XVIII, la época de la novela francesa, la de la rusa, después la novela escandinava, la novela alemana, Rabelais y Cervantes como creadores del arte de la novela (aunque Kundera barrunta el primer gran tesoro de la prosa europea en las sagas islandesas de los siglos XIII y XIV). La historia del arte asumida como una historia de los valores lleva a Kundera a profundizar el análisis de diversas obras cuyo canon estético descubrió nuevos territorios, porque la novela —asegura— debe decir lo que ninguna otra cosa puede, revelar los territorios desconocidos de lo humano.

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