Pitol

Para establecer la historia de su trato con el mundo, Sergio Pitol (Puebla, 1933) ha escrito durante los últimos años una suerte de ensayos autobiográficos con una prosa generosa en referencias literarias (lecturas, autores, amigos, atmósferas culturales mexicanas y europeas del último medio siglo). Narrativa cargada de experiencias vitales exteriores (viajes, embajadas, ciudades de medio mundo, recorridos, personajes de la diplomacia, vida observada y vivida), así como mareas interiores (decepciones, estados anímicos, amarguras, regocijos, consternaciones, reflexión, fragmentos de un diario).

Esta fuente de inagotables historias se inició desde luego con su diario, y en los años noventa con su breve ensayo El sueño de lo real, continuó luego en notas literarias y entrevistas diversas, en los prólogos a sus libros y sus obras completas, y culminó con el imaginario narrativo prodigioso de El mago de Viena (2005). Esta escritura se caracteriza además por indagar una y otra vez, con minuciosidad casi obsesiva y desde enfoques poliédricos, en variados aspectos del proceso artístico y creativo de su singular obra literaria: traducciones únicas, cuentos desorbitados, novelas paródicas y complejas, ensayos excéntricos y claridosos. Luego, en Una autobiografía soterrada (Almadía 2010), un volumen del mismo linaje, el escritor decide “ampliar, rectificar y desacralizar” algunos pasajes soterrados de distintas épocas y acontecimientos de su vida.

La singularidad y riqueza de esta prosa autobiográfica han hecho al propio Sergio Pitol una especie de original narrativa él mismo; por lo demás no tan distante o diferente de su escritura propiamente de ficción aun en su sabida excentricidad, como lo reconoce “atónito y aturdido”, al encontrarse en todo momento presente a lo largo de su obra cincuentenaria: del infante postrado por la malaria en la selva tropical al veracruzana al flaneur capitalino, viajero por el mundo, embajador, artista y Premio Cervantes 2005.

Esta escritura autobiográfica se torna una especie de complejo subgénero de tiempos dislocados y momentos relevantes sobre el fluir constante y vital de acontecimientos, encuentros, personajes, indagaciones estéticas y artísticas, y de lecturas, cientos y cientos de lecturas.

Destaca el ensamblado de este último volumen en seis apartados interconectados y en flujo y reflujo constante, donde Pitol discurre desde una perspectiva autocrítica sobre la técnica y las cualidades de su práctica de la escritura. En “Diario de la Pradera” indaga en la materia del cuento y documenta la elaboración de sus propios relatos. En “Hacer, sentir, oír y ver” ahonda en el ejercicio novelístico y sobre todo en la construcción de personajes. En “La coronación, el destronamiento y la paliza” deja ver varios de los procesos de estructuración de su novelística, incluyendo las celebradas El tañido de una flauta (1973) y Juegos Florales (1985), para luego perfilar a los personajes reales inspiradores de sus protagonistas.

En los apartados finales: “Entre la parodia y la extravagancia” y el muy revelador “Salvo el instinto todo lo demás son minucias”, una y otra vez, desde distintos flancos, Pitol se asedia a sí mismo y a su obra para ofrecernos hallazgos estéticos y artísticos, como cuando teoriza sobre el cuento para concluir en lo insondable de la literatura, en el misterio de la escritura, en el arte de la narrativa como “puro instinto”. Algo surge de los movimientos internos, de las inquietudes del cuerpo, las mareas interiores, las vibraciones anímicas. Es como si alguien dictara al escritor y éste escribiera sonámbulo, poseído, obseso.

O cuando revive un tiempo anterior al de sus primeros cuentos, durante un viaje en barco en 1953, y se redescubre trasnochado y perdido en el bar Shanghái de La Habana antes de embarcarse rumbo a Venezuela empeñado en escribir poemas dadaístas. Pitol setentón nos narra entonces el cuento de un Pitol veinteañero en Caracas, poeta con ganas de estridencia, salvajismo y refinamiento dadaísta, y lo hace en tercera persona para lograr el distanciamiento necesario. Años después, aquella quincena de poemas volvería a sus manos “para su consternación”, recuerda luego, en mayo de 2004, durante su estancia en el Centro Internacional de Salud “La Pradera”, a media hora de La Habana, donde a los 71 años recibe un tratamiento de ozonoterapia sanguínea: se extrae la sangre, se le inyecta a ésta gas ozono, y se reintegra al cuerpo del paciente fortalecida en glóbulos blancos y con mayor inmunidad.

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El último apartado, “Todo está en todo”, reproduce una conversación-entrevista de Pitol con Carlos Monsiváis. Allí, dos inteligencias se reflejan con rigurosidad pero con el ánimo amistoso y cariñoso del pupilo adelantado y excepcional ante el maestro adelantado y excepcional.

Al cabo de la lectura, el sortilegio envuelve al lector, alguna clase de encantamiento provocado por esta prosa en apariencia sencilla y de tono confesional, pero de inteligencia abarcadora y penetrante, cual si hubiéramos pasado una noche en plástica conversación con Sergio Pitol, artista sin edad. Entonces, el lector ambiciona como cierta y definitiva la errata en la fecha contenida en la noticia biográfica del libro, donde se atribuyen 17 años al escritor mexicano.