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Gilberto Owen Estrada nació en El Rosario de Sinaloa, se trasladó luego a Mazatlán y de inmediato empezó a cobrar vocación viajera y de peregrinaje, cierta sensación de desarraigo y cierta evanescencia biográfica de nube. Se pensó por años que había nacido en 1905, él rectificó el año: 1904, pero cambió el día por un improbable 4 de febrero inspirado —se colige— en ocultismos iniciáticos de numerología. Su acta de nacimiento demuestra no obstante que nació a las dos de la mañana del 13 de mayo de 1904, con el nombre de Gilberto Estrada. (Datos obtenidos en 2002 por Francisco Javier Beltrán y Cinthia A Ramírez, investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de México).

Viajó a Toluca a iniciar su formación escolar en 1917. Ahí escribió el volumen Primeros Poemas, fechado en 1920-22. Fue Subdirector de la Biblioteca Pública y en de 1920 en adelante colaborador de variadas revistas y semanarios. Al cumplir 19 años se ha iniciado ya en la poesía en «el frío ascético de Toluca» donde, sintetiza, «hice versos gongorinos y salté a México». Ese salto es literal: en Toluca representó al Instituto en una ceremonia ante el presidente Obregón; su discurso impresionó al Caudillo y poco después “saltó” a la ciudad de México para trabajar en la Presidencia, haciendo la síntesis de los diarios para el primer jefe. Es septiembre de 1923, y a partir de entonces y hasta 1928, cuando dejó el país, Owen desempeñó ese empleo.

Las andanzas de Owen durante esos años en la capital han sido documentadas acuciosamente por varios de nuestros más capaces investigadores y escritores (Josefina Procopio, Guillermo Sheridan, Miguel Capistrán, Alí Chumacero, Jaime García Terrés, Luis Mario Scneider, José Joaquín Blanco, Tomás Segovia, Vicente Quirarte, Juan Coronado, Héctor Valdés, Octavio Paz), al tiempo que la crítica lo ha perfilado en definitiva como un poeta único, significado particularmente por su trastocamiento y modernización del poema en prosa o la prosa poética

Ya en México, marcó a Owen la conciencia artística de Xavier Villaurrutia, figura tutelar admirada por todos los que participaban de sus tertulias y conversaciones sobre literatura y crítica, mientras Jorge Cuesta le imbuía su conciencia crítica. Se propone que Owen les blandió su conciencia teológica. La amistad de Owen con Jaime Torres Bodet también fue intensa y creativa; no tan estrechas al principio las relaciones con Salvador Novo.

Producto de aquello contactos, Owen publica Desvelo, en 1925, base y arranque de la sensibilidad moderna que había venido labrando este grupo. Reflejos, de Villaurrutia, de 1926, es su libro paralelo. Ambos libros se consideran los primeros en lograr la sensibilidad novísima que definirá a los Contemporáneos. Sin embargo hay un antecedente, ya en 1925 Owen había publicado en El Universal Ilustrado el relato primero del grupo, La llama fría.

Este experimento alentará en ellos un ejercicio conciente de la prosa, cuando en 1926, Villaurrutia, Torres Bodet y Owen acuerden escribir cada cual una novela. Villaurrutia inicia Dama de Corazones, Torres Bodet, Margarita de Niebla, y Owen la novela que primero tituló Muchachas y finalmente se llamó Novela como nube. La obra de Owen es de resultados tan sorprendentes que puede ser leída hoy, 85 años después, sin la inocencia sentimental de la novela de Torres Bodet, o la gravedad sombría y sicológica de la de Villaurrutia. Aunque hay quien apunta que fue en 1926, los hechos fijan su publicación en1928 (hace 85 años) en las ediciones Ulises, nombre del grupo de teatro y la revista que anteceden a Contemporáneos, publicación que dará identidad a ese “grupo sin grupo” unido por afinidades electivas.

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La española Rosa García Gutiérrez, autora de Contemporáneos. La otra novela de la revolución Mexicana (Universidad de Huelva, España 1999), intenta glosar Novela como nube sintetizando al máximo su argumento:

“Enmascarada por una dispositio compleja… la historia que se cuenta es la siguiente: Ernesto un pintor y poeta de Pachuca establecido en México, se dedica a tener múltiples aventuras amorosas con todo tipo de mujeres, incluyendo las casadas; entre otros, el narrador nos cuenta sus amoríos con Ofelia y con otras dos mujeres llamadas Eva. Una noche, el marido de una de sus últimas conquistas lo abate a tiros en una calle de la ciudad; durante su larga convalecencia en el hospital, es cuidado por su tío Enrique, por Elena —su antigua novia, ahora casada con su tío—, y por la hermana de Elena, Rosa Amalia. Una vez reestablecido, su tío lo lleva a vivir a su casa de Pachuca, con lo que Ernesto se reencuentra […] con los lugares de su infancia y adolescencia. A pesar de haber sido él quien abandonó a Elena, siente renacer su amor por ella. Una noche  en una habitación apartada de la casa; a la hora convenida descubre que la asistente a la cita es Rosa Amalia y se ve obligado a casarse con ella y permanecer para siempre en Pachuca. Ernesto asume ese destino como un castigo y una condena”. (Prólogo a la edición conmemorativa del centenario de su nacimiento. Gilberto Owen Novela como Nube, Introducción de Vicente Quirarte, UNAM, 2004).

Esta aparente anécdota formal en dos capítulos: Ixión en la tierra e Ixión en el Olimpo, con 13 apartados cada uno, es trastocada en la prosa de Owen mediante la utilización de todo tipo de recursos novedosos y vanguardistas, indagaciones formales tan sorprendentes que su escritura ha sido calificada de prosa poética sin que el término sea exacto, certero ni suficiente. Novela como nube es una obra totalmente moderna, con tantas aristas y tantas capas de lecturas e interpretaciones que aún hoy está viva y sarcástica y risueña, acaso también dolida, pero en un tono plenamente refrescante y poético, casi cínico. Una narrativa poética plástica que se mueve, se desplaza y relata cargada de disfrazadas referencias íntimas, de mitología clásica y mitología personal, de intromisiones humorísticas del autor, juegos y acrobacias, imágenes cinematográficas y visiones cubistas y simultaneístas, algo de dadaísmo y experimentación, sintestesias deslumbrantes. La novela como una máquina metafórica sometida a una cadencia mental y a un ritmo sonámbulo de sucesivas imágenes en duermevela que dilatan y expanden, o concentran y decantan, el tiempo: en suma: una estética propia, libre, nueva. Sus líneas aforísticas, sus descripciones claramente poéticas, sus imaginativos recursos narrativos son imbuidos de un eco burlón y risueño, un tono fársico que entraña crítica y autocrítica.

«Tantas Desdémonas en lechos de posada. Tantas Ofelias en los estanques nocturnos. Una se ahogó en su ojo derecho […] Ladrar de viento policía investigando asesinatos líricos. A la una la mató Piccaso en la calle Lepic… […] La mala música del Sr. Nunó, fuerte como un trago de alcohol; los mismos resultados, alcohol o música, bebida, oída. […] Vidas paralelas, profesión de cohete, amores con las señoritas de la clase media. […] Presiente que el que ría al último no encontrará ya justificación para su risa. […] Si las frutas están en la cornisa, el salero estará lleno de azúcar. Se adivina el paso del Padre Brown. […]».

«Lo mejor es tenderse, cruzado de brazos, ante el rompecabezas plástico de este rostro descompuesto, como por el olvido, por la lente poliédrica del botellón, allí enfrente. La nariz, bajo la boca, en el lugar del cuello. Tiene, aislada, un valor definitorio independiente; sensual, nerviosa, de aletas eléctricas como carne de rana en un experimento de laboratorio. Dos pares de ojos, en el lugar de las orejas, le brillan como dos aretes líquidos, incendiados. Así serán las joyas de la corona, hechas con los ojos coléricos de los mujiks rebeldes. La frente es todo el resto de la cara, multiplicada su convexidad por la del cristal de la botella».

«La voz de mi amigas. Viajan de Wölfflin a Caso, en un mariposea ecléctico verdaderamente punible. Merecen quedarse en Caso para siempre. Sugieren hipótesis sobre la futura colisión de lo oriental y lo europeo sobre campiñas perfumadas de folklore, arrulladas por él dentro de la cuna que les hacen los dos brazos solícitos de la Sierra Madre. […] Problema futuro para nuestra peregrina Dirección de Antropología, deformadora de cuentos de hadas».

«A esa hora se abre una glándula, de función más bien patológica, que segrega romanticismo. […] Naturalmente, lo que juraba y quería que se le jurara era un amor que no sentían. Lo improvisaron eterno, y él llevó su complacencia hasta improvisar, también, una historia suya increíble, para no llegar con las manos vacías al festín de las confidencias. […] Confesiones estéticas de una burguesa: le gustaba la pintura, pero sólo entendía, un poco, de música. Le parecieron ingeniosas esas vacías palabras. Llegó a atribuirles cualidades fabulosas. Creyó ver en ella, sin motivo, al mirlo blanco: una mujer mexicana con sentido del humor. […] Cuando decía “amor”, por ejemplo, se le dificultaba a Ernesto el sentido de la frase. Entendía a veces “aventura”, muy pocas “sacrificio”, las más “economía doméstica”».

«Los hombres de la marimba lloran sus cosas absurdas, inclinados, atentos, como mecanógrafos escribiendo al tacto un amparo para que se deje en libertad a las corcheas prisioneras en el pentagrama».

«Se sigue una marina muy sencilla. Puede pintarse con sólo tres brochazos paralelos; en la primera franja, la más clara, se escriben muchas VVVV decrecientes, cifra de las gaviotas, y en la de en medio basta recordar que el mar valúa en mil emes de espuma su oleaje; luego sólo falta esparcir estatuas de sombra por la playa. Esos frutos que se dan en Mack Sennet y que nos llegan de California en los mismos empaques de las personas y de las películas».

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En 1928 Owen está en el centro de la actividad intelectual y generacional. A pesar de su juventud —apenas 24— es un escritor vanguardista publicado en media docena de revistas. Ha seguido trabajando como “sintetizador de periódicos” de la Presidencia mientras estudiaba Jurisprudencia, ha publicado dos libros claves Desvelo y Novela como Nube, además del relato La llama fría. Con Cuesta, Novo y Villaurrutia prepara ya la polémica Antología de la poesía mexicana moderna que se editará ese año. Con ellos, además de Ortiz de Montellano, Torres Bodet, Gorostiza y otros colaboradores, ha publicado los seis números de la revista Ulises, y todos preparan la publicación de la revista que les daría nombre grupal Contemporáneos. Para el teatro Ulises apoyado por Ma. Antonieta Rivas Mercado, ha traducido obras y ha sido actor: «galán joven y tío de Dionisia. Dionisia se llamaba Clementina». Owen se refiere obviamente a Clementina Otero, de apenas 17 años, de quien se enamora fatalmente pero es rechazado. A este rechazo amoroso se atribuye el que Owen aceptara ingresar al Servicio Exterior Mexicano y continuara así, en 1928, un viaje constante por Estados Unidos, Ecuador y Colombia, con algún repentino retorno de hijo pródigo, hasta su fallecimiento.

Gilberto Owen Estrada, vicecónsul mexicano en Filadelfia, murió el 9 de marzo de 1952 por complicaciones hepáticas: cirrosis. Lo acompañaban pocas personas, estaba ciego y al filo de los 48 años. Luis Mario Schneider visitó su tumba sin lápida, cubierta de césped inglés a la orilla de un árbol de grapeapple, en el cementerio de un suburbio de Filadelfia. El tiempo breve de su audacia brilla durante la segunda mitad de los años veinte mexicanos con la intensidad de la luz total de su aventura, de su personalísimo viaje de poeta como nube.

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Clementina Otero sobre la imagen de Owen