Rosario Castellanos[1]

La escritora Rosario Castellanos, autora de media docena de libros imprescindibles en las letras mexicanas, también fue filósofa, como lo demuestra su tesis de maestría de 1950, en la cual aborda la cuestión femenina como un ensayo de género. “Nadie en este país tuvo, en su momento, una conciencia tan clara de lo que significaba la doble condición de ser mujer y ser mexicana, ni hizo de esta conciencia la materia prima de su obra”, escribió José Emilio Pacheco sobre la autora.

En junio de 1950, en la Universidad Nacional Autónoma de México, Rosario Castellanos (1925-1974) obtuvo la maestría en filosofía con la tesis titulada Sobre cultura femenina. El texto, ignorado por años, vivió sus avatares, pero Gabriela Cano recuerda en su prólogo a la finalmente lograda edición del trabajo (Fondo de Cultura Económica, México 2005) que los maestros de aquel examen —entre ellos los reconocidos doctores en la materia Eduardo Nicol y Leopoldo Zea— así como los demás asistentes al aula, no pudieron contener las carcajadas y el asombro. Tal era la agudeza, el humor cáustico, la elegancia metafórica y poética con la que Castellanos describía el horror de la circunstancia femenina en los campos de la creación filosófica, reservados a los hombres a lo largo de la historia y aún a mitad del siglo XX.

“Serpientes marinas que sólo algunos arrojados marineros se han atrevido a mirar, pero que los hombres cuerdos desde la playa niegan y califican de una alucinación”. Así se refiere Rosario a las mujeres creativas, sensibles, intelectuales y libres que no se limitan al papel convencional de amas de casa y aparato reproductor casero, ni a seguir ciegamente el comportamiento dictado para ellas por una sociedad masculina dogmática y autoritaria. Aunque algunos supuestos filosóficos de esta tesis de maestría escrita en 1948-49 han sido rebasados y otros siguen tan campantes, su calidad literaria y la agudeza de sus observaciones convierten el texto en un clásico ensayo de género, junto con otros trabajos precursores como los de Gabriela Mistral.

Rosario filósofa inicia preguntándose lo obvio ¿Existe tal cosa como una cultura femenina o su existencia es sólo un rumor como la serpiente marina? Luego pasa revista a media docena de filósofos que mantienen una visión decimonónica del papel de la mujer en la sociedad, visión que hacia los años cincuenta en Latinoamérica se mantenía vigente.

 

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¡No interrumpas, mujer!

Schopenhauer en su tratado sobre las mujeres empieza diciendo: “Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales. Paga su deuda a la vida no con la acción sino con el sufrimiento, los dolores del parto, los inquietos cuidados de la infancia; tiene que obedecer al hombre, ser una compañera paciente que lo serene”.

El atormentado filósofo suicida Otto Winninger, empeora aún más las cosas: “La mujer no es otra cosa que sexualidad, el hombre es sexual pero también es algo más (…) se preocupa por la lucha, el juego, la sociabilidad y la buena mesa, la discusión y la ciencia, los negocios y la política, la religión y el arte. (…)  En las mujeres pensar y sentir son dos actos inseparables”.

Otros filósofos como Simmel, aun con sus limitaciones, tratan de entender más a fondo la realidad femenina: “Nuestra cultura en realidad es enteramente masculina. Son los hombres los que han creado el arte y la industria, la ciencia y el comercio, el Estado y la religión. Existe una oposición efectiva entre la esencia general de la mujer y la forma general de nuestra cultura. Por eso, dentro de esta cultura, la producción femenina tropieza con tanto mayor número de obstáculos cuanto que las exigencias planteadas son más generales y formales”.

Más adelante la autora analiza también la postura de varios escritores consagrados sobre la posición de la mujer en la sociedad y sus afanes de producción intelectual y artística. De entre las citas misóginas de Balzac, Moliére y Buffon, destaca el comentario de Heinrich Heine, para quien todas las mujeres escriben con un ojo en el papel y otro en el hombre, menos las tuertas; así como la opinión de Montaigne que “cuando ve a las mujeres empeñadas en la retórica, la judiciaria, en la lógica y otras drogas semejantes, tan vanas e inútiles para lo que ellas necesitan, se siente acometido por el temor de que los hombres que les aconsejan esto lo harán por tener derecho a regentearlas, porque no puede encontrarles otra excusa”.

La mujer no nace mujer

Rosario Castellanos se aboca luego a refutar, desmantelar e invalidar estas visiones a partir de agudas observaciones sobre el papel de distintas mujeres en el desarrollo de la cultura, pero sobre todo a destacar el carácter androcéntrico de la cultura, que juzga, dictamina, califica con parámetros masculinos la producción cultural femenina. “El mundo que para mí esta cerrado tiene un nombre, se llama cultura. Ellos se llaman a sí mismos hombres y humanidad a la facultad de residir en el mundo de la cultura”. Enseguida se pregunta por aquellas mujeres que “se separaron del resto del rebaño e invadieron un terreno prohibido”, deseando encontrar figuras femeninas ejemplares que superaran el androcentrismo de la cultura y lograran convertirse en pintoras, escultoras, científicas y escritoras. Castellanos no se engaña y si bien apunta que la mayoría de las mujeres están muy tranquilas en su casa y sus límites, acatando y respetando la ley masculina, por otro lado se pregunta: “¿Por qué entonces ha de venir una mujer que se llama Safo, otra que se llama Santa Teresa, otra a la que nombran Virginia Woolf, alguien que se ha bautizado Gabriela Mistral?”. Mujeres cuya inclinación vocacional era la de “entender las cosas del mundo”, como la misma escritora mexicana.

Aunque en su libro posterior Mujer que sabe latín (ensayos literarios sobre escritoras), Rosario abordará ya plenamente la obra de Simone de Beauvoir, hay que recordar que el ensayo clave de la francesa El segundo sexo, es de 1949, fecha en la que la Castellanos elaboraba su tesis. La influencia que sí está presente es la de Virginia Woolf, que había ya publicado sus clásicos ensayos feministas Una habitación propia (1929) y Tres guineas (1938). Con todo, la que será la premisa fundamental de Beauvoir, está presente en la tesis de Rosario: la mujer no nace “mujer”, sino que el sistema y sus instituciones —la familia, la religión, la educación, la monogamia, el matrimonio, la fidelidad— la fuerzan a convertirse en esa “mujer” débil y dependiente.

 

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 Cultura y maternidad

En efecto muchos de los conceptos que Rosario Castellanos maneja en su tesis han sido afortunadamente rebasados por los avances civilizatorios, el impulso del movimiento feminista, la cultura de género y el respeto a la diversidad y la libertad de elegir. Sin embargo, hay un aspecto que se rebela difícil, doloroso para la propia Rosario en 1950 y que, en muchos casos, sigue siendo un dilema moral, ético y laboral para las mujeres. Rosario llega a plantear casi como imposibilidad la maternidad, tener hijos, procrearlos, educarlos, y, al mismo tiempo, tener la capacidad y la energía para desarrollar un trabajo intelectual, cultural, artístico. Efectivamente rebasado, el tópico no debiera resultar ya una duda existencial femenina; sin embargo, en materia de trabajo, independencia, autonomía y libertad, una mujer siempre enfrentará las preguntas: ¿Es el momento? ¿Puedo tener un hijo ahora? ¿Quiero tenerlo? ¿Y el trabajo? El problema, bien lo sabemos, se resuelve si la mujer tiene opciones y ejerce su capacidad de libre elección. Pero ¿las sociedades latinoamericanas actuales y sus sistemas de salud, ofrecen la posibilidad de decidir tener o no un hijo, o sigue imperando el fatalismo de la concepción irremediable, forzada, inevitable, enviada por Dios?

La pregunta la esboza ya con agudeza filosófica la escritora Rosario Castellanos en 1949.