A veinte años de la muerte de Fellini, su cine como arte evoca una industria y una manera de filmar únicas pero ya desaparecidas en los posmodernos tiempos de la digitalización, el blu-ray, el download y la creciente piratería. En su memoria, esta arqueología de los años del cineclub y los ciclos de cine de autor en México.

 

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El 31 de octubre del año recién terminado se cumplieron veinte años de la muerte de Federico Fellini (Rimini, 1920-Roma, 1993), y reviví nostálgico mi encuentro definitivo con su obra y con una época del cine ya desvanecida en el aire. Aunque había disfrutado con anterioridad un par de clásicos del director italiano (a Queen y Massina en La calle; la inolvidable Anita Ekberg de La Dolce Vita, y al soberbio Mastroianni de 8 y medio) en realidad descubrí a plenitud al artista en 1974, durante un cineclub de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad. Fueron los años de las clases con Emilio García Riera, el cine-debate, las apasionadas discusiones con Jorge Ayala Blanco en torno a su implacable libro La aventura del cine mexicano. En ese grupo de alumnos de la carrera de periodismo y comunicación recuerdo con claridad a Gustavo García, un humanista irónico consolidado luego como extraordinario crítico cinematográfico y lamentablemente fallecido el pasado noviembre; también a José Buil, poeta desde entonces inclinado por el cine, y también al gastrónomo renacentista Andrés de Luna, hoy ensayista, escritor y también crítico de cine.

 

romezf6[1]Aquel cine-club ofrecía por una mínima cooperación, o acaso gratis, un ciclo de películas de Fellini,una diaria durante dos semanas y con funciones a las once de la mañana y seis de la tarde. Absorto presencié entonces cómo Fellini finalizaba su etapa de tierno dramatismo neorrealista con Las noches de Cabiria, y se inauguraba en el color con un capítulo de Bocaccio 70. Presencié también una de las mejores escenas eróticas del cine, con encuadres sólo de las manos de Giulietta Massina (su esposa) en su extraordinaria encarnación de Julieta de los espíritus, y luego comprobé porqué las imágenes de su Satiricón consolidaron su carácter de director clásico del séptimo arte.

Siguieron la amorosa visión fellinesca del circo en Los Payasos, y la percepción emocional y onírica de su eterna ciudad en Fellini Roma, para terminar, ya fellinesco empedernido, con el estreno de la ganadora del Oscar, Amarcord, revelación plástica de la Italia colorida y honda del niño Federico.

 

wa[1]BIENVENIDO AL (CINE) CLUB

A lo largo de esos años también presencié en el auditorio de Ciencias o en el gigantesco Justo Sierra (¿Che Guevara?), ciclos del cine de Eisenstein, Fassbinder, Alan Tanner, Truffaut, Woody Allen, Los Hermanos Marx, Fernando de Fuentes, Ismael Rodríguez, Tin Tán y El Indio Fernández. Recuerdo además haber visto ciclos completos de Buñuel en el extinto cine Internacional, y del infaltable Godard en el también desaparecido cine París y el clásico Roble. A principios de los setenta aparecieron además las salas de arte de la Zona Rosa, donde también pude ver Trash, ese delirante producto junkie de la colaboración entre Andy Warhol, Joe Dallessandro y Paul Morrissey, así como Joe, otra cinta memorable de la época, sobre un violento red-neck (Peter Boyle) que odia a los hippies y al dispararle a un grupo de ellos termina por matar a su hija fugitiva (una adolescente Susan Sarandon).

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blow-up[1]Vivía un auge también el cine club del Centro Universitario Cultural, el entonces popular CUC, manejado por los dominicos en su sede de Copilco, a un lado de la Ciudad Universitaria. Ahí proliferaba el cine de Bergman, Da Sica, Kurosawa, Pasolini, Bertolucci, Rossellini. Aún antes, en 1969, pude ver Blow Up de Antonioni en un cine Las Américas repleto de bote en bote como cuando estrenaron El rock de la cárcel, según cuenta Parménides García Saldaña en su libro El rey criollo.

Antes del famoso incendio que acabó con la primera Cineteca Nacional, anexa a los Estudios Churubusco, asistí a sus salas a las clases de cine de García Riera, quien nos exponía a un ciclo con diez de las mejores películas mexicanas —de El Compadre Mendoza a Redes y de La Banda del automóvil gris a Los olvidados—, y a otro con diez de las mejores películas del mundo —de Intolerancia al Ciudadano Kane y de Iván el Terrible a La Quimera del Oro y Tiempos Modernos.

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PRIMERA MUESTRA DE CINE

En 1971 se realizó la Primera Muestra Internacional de Cine. Entre brumas recuerdo haber asistido a sus primeras versiones en el cine Internacional, con su gigantesca sala dentro de un edificio sobre la avenida Cuauhtémoc, pero a la distancia también recuerdo haber asistido a alguna Muestra en el súper clásico cine Roble. Mi incipiente alfabetismo cinematográfico, cultivado al asistir de niño y púber a las salas de cine con mis familiares (como todos), fue mejorando poco a poco en los cine clubes, en las clases-proyecciones de cine debate universitario y en las muestras internacionales de cine, hasta llegar a disfrutar el absoluto placer de la gramática visual y la narrativa cinematográfica con mayor conocimiento y gusto.

Emilio García Riera

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 VUELTA A FELLINI

Continué mi gozosa admiración por el cine de Fellini contemplando otra obra maestra, Casanova, adaptación libre y netamente fellinesca de las memorias del buen Giacomo. Disfruté como pocas películas su Ensayo de Orquesta, donde los músicos pertenecen a tantos grupos políticos, a tan innumerables sectas de izquierda como aquí, que el ensayo se vuelve un caos. Con La nave va y Ginger y Fred cerré con melancolía y nostalgia mi conocimiento de la obra cinematográfica de uno de los artistas mayores del siglo XX.

Jorge Ayala Blanco

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Hoy, no sé de ningún cineclub, la vieja Cineteca donde tomaba clases ardió por negligencia de Margarita, el cine Internacional, el Roble, el París o el Paseo no existen más. Gustavo García también se ha ido y la producción cinematográfica al estilo Fellini ha desaparecido. Los estudios italianos de CineCitta ya no se arriesgan al arte con la misma facilidad cuando hay tanto dinero de por medio y la rentabilidad en taquilla rige el mercado y el gusto.

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Gustavo García

Así pues, en su vigésimo aniversario luctuoso recordé a Federico con una inevitable sonrisa melancólica y un ciao Fellini…