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«¿Qué quieres dejar tú a la gente con tu obra? ¿No tienes una mínima ambición?», preguntó la periodista Barbel Mertens a Juan Carlos Onetti en una conversación sostenida poco antes de la muerte, en 1994, del escritor uruguayo.

Desde el lecho donde llevaba cinco años encaramado; con un jaibol y un cigarro en la misma mano, Onetti respondió: «No. Eso no existe. No creo en la humanidad. ¿Qué va a importar, dentro de veinte años, lo que escribía Onetti? ¿Quién va a leer a Onetti dentro de treinta años? ».

La entrevista publicada en el diario El País de Montevideo en 1996, con sus respuestas pesimistas ajenas a la ambición de trascendencia literaria, perfila en trazos breves la inteligencia trágica y el temperamento introspectivo de un Onetti de ochenta años, cercano ya al final de su vida. Ese temperamento desencantado, su ‘pesimismo universal’, fue el sino de toda su existencia, pero también la materia prima con la cual forjó su narrativa única en las letras hispanoamericanas.

—¿No hay posibilidad…, de vez en cuando Onetti? ¿Un poco de paraíso?

—No para mí. Y es una desgracia. Uno no tiene ayuda. Dios existe, pero está durmiendo la siesta.

—Pero a mí me sucede que necesito un camino. Una fuerza, no sé, un cierto optimismo, un motivo que me entusiasme. ¿Por qué no me lo puede dar Onetti?

—Porque no lo tiene. Si me quedara un cacho te lo daría. Lo pondría en mis libros. Pero no lo tengo. No creo en nada. Creo en el amor, pero el amor se acaba. La vida es así.

—¿Entonces para quién escribes?

—Para un tipo llamado Onetti.

—Y no te importa que la gente quede peor después de leerte.

—Yo no tengo la culpa; no puedo mentir. Soy así. Son tan fáciles los finales felices.

 

onetti_caricatura_jess_331[1]Hoy resuenan esas preguntas. ¿Importa algo lo que escribió Onetti? ¿Quién lo lee hoy? Solitario —como siempre le gustó—, alejado de circos y homenajes, este 2014 se cumplen justo veinte años de su muerte, fecha un tanto desapercibidas en el medio letrado.

Empero, la persistencia de sus novelas y cuentos en librerías, y sobre todo la pervivencia del mundo onettiano en el imaginario literario hispanoamericano, confirman su vigencia artística. Se ha mantenido también la reedición constante de sus viejas novelas en varias casas editoras, y luego de su muerte, Alfaguara compiló la totalidad de sus relatos en Cuentos completos (1994) y buena parte de sus textos periodísticos en Confesiones de un lector (1995), mientras continuó la reedición de sus novelas prologadas por emotivos ensayos de Antonio Muñoz Molina.

El personaje aislado contrasta entonces con su obra, fuente siempre recuperable de imaginación literaria y apreciado tesoro íntimo para sus desencantados lectores asiduos. Onetti se convierte así en el más trascendente narrador uruguayo del siglo XX y, junto con Mario Benedetti y Eduardo Galeano, en el más reconocido.

Su narrativa, paralela a la del llamado boom latinoamericano pero al mismo tiempo diferenciada del mismo, fue mejor valorada a partir de los años sesenta. Augusto Roa Bastos lo calificó como el clásico por antonomasia de las letras hispanoamericanas contemporáneas; Carlos Fuentes describió sus novelas y cuentos como piedras de fundación de nuestra modernidad, y Julio Cortázar lo llamó el más grande novelista latinoamericano. El crítico uruguayo Fernando Ainsa lo celebró en su libro Las trampas de Onetti (Alfa, 1970), y luego el mexicano Fernando Curiel profundizó en su obra en su libro Onetti: calculado infortunio (Premia, 1984). Años después, Augusto Monterroso dio testimonio del paso de Onetti por México en una entrevista publicada en su libro Pájaros de Hispanoamérica (Alfaguara, 2001), y el mismo Fernando Curiel logró una de las apreciaciones críticas superiores de la obra onettiana en su libro Santa María de Onetti. Guía de lectores forasteros (UNAM, 2004), un estudio a caballo entre el análisis estructural y académico y la crítica pasional y emotiva, donde no deja de señalar la superficialidad de ciertas afirmaciones del español Muñoz Molina sobre la obra del uruguayo. Curiel compartió horas de conversaciones con Onetti, fue su amigo y admirador crítico y es el escritor mexicano con mayor conocimiento de su obra de acuerdo al propio Onetti, quien le dedicó su libro Presencia y otros cuentos (Almarabu, 1986).con las siguientes palabras: “Para Curiel, querido amigo que sabe de onettismo mucho más que yo”.

En 2008 Alfaguara editó un libro crítico llamado a ser definitivo, por la calidad de su autor, en la valoración de la peculiar obra juan-carlos-onetti-L-oSAhv1[1]del montevideano: El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, de Mario Vargas Llosa. Este dilatado ensayo sobre la obra de Onetti es una lectura personal y no un libro académico o de erudición sobre «una de las obras más valiosas que ha producido la literatura de nuestro tiempo», advierte Vargas Llosa para luego ubicar con plena certeza a Onetti como el primer escritor latinoamericano moderno por sus estrategias narrativas, su repelencia al provincianismo y localismo pragmáticos, por su creación personal de un estilo y un mundo literarios, por su absoluto desencanto y su pesimismo universal.

Resumo la tesis medular del estudio: en los cuentos y novelas de Onetti está presente siempre la huida de sus personajes de una vida infeliz hacia la vida imaginada de la ficción y la representación. La emblemática invención onettiana de la ciudad de Santa María sería la expresión acabada de este imaginativo viaje escapista de la realidad, emprendido por personajes atormentados por la insatisfacción y la mezquindad de una vida vulgar y convencional, o dolorosa y sufrida, o mediocre e infeliz, donde rige el símbolo odioso de todos los hombres de éxito y de poder, para Onetti seres inauténticos, representantes de un papel funambulesco —social, cultural o político—, lo cual los vuelve aún más ridículos y despreciables.

El recurso de la huida a la ficción alcanzaría su expresión literaria definitiva en la novela La vida breve, donde José María Brausen, ante las dificultades atroces de su existencia, terminará por escapar hacia la invención (fundación) de esa ciudad llamada Santa María. A partir de entonces la saga santamariana entraña la constante huida hacia la ficción donde viven esos personajes brumosos y vagos como en un sueño. Pero en esa ciudad ficción de Onetti no viven hombres mejores. Quien llega ahí es víctima y victimario y merece «el apelativo de “indiferente moral”  como exacta definición del personaje onettiano, el antihéroe aparecido ya en El pozo, y que seguirá apareciendo luego en los Brausen, Larsen, Díaz Grey y casi todos los personajes centrales de sus cuentos y novelas, individuos que miran al mundo y se miran a sí mismos con un desinterés metafísico, cuando no con desprecio».

Las primas Onetti

Juan Carlos Onetti Borges nació en 1909 en Montevideo. Nunca usó su apellido materno para obviar el parentesco, y cuando se le inquirió sobre la naturaleza de su relación con el escritor argentino, Onetti argumentó: «…con Borges no se podía tener otra relación que no fuera intelectual —y añadió irónico—, él me contó que los Borges fueron judíos llegados a Uruguay y Argentina el siglo XIX. Lo único que yo puedo decir al respecto es que no estoy circuncidado».

Onetti dejó los estudios a los doce años y ejerció diversos oficios contra el hambre: conserje, mozo, vendedor de entradas en el estadio Centenario de futbol, encuestador del censo. Apenas a los 20 años se casó con su prima María Amalia Onetti y emigró a Buenos Aires, donde empezó a publicar notas sobre cine. Poco después tuvo su primer hijo, Jorge Onetti Onetti, pero al inicio de los años treinta el matrimonio fracasó. Fue entonces cuando comenzó a escribir y publicar sus primeros relatos y cuentos.

Mientras dividía su vida entre Montevideo y Buenos Aires se casó por segunda vez, ahora con la hermana de su primera esposa, María Julia Onetti, también su prima. Al finalizar la década publicó su primera novela El pozo (1939), por la cual se le percibió como un autor solitario de temas difíciles y herméticos, y los medios literarios lo asumieron como introductor de la novela existencialista en Hispanoamérica. El relato de la vida del protagonista de la novela, Eladio Linacero, un personaje encerrado física y afectivamente, es previo a la publicación del clásico sartreano La Náusea, y prefiguró narrativamente muchas de las propuestas del libro francés emblemático del existencialismo. A esa circunstancia Onetti sólo añade que escribió El pozo en una noche de profundo estado de enojo porque no tenía cigarros.

A partir de este Eladio Linacero, Onetti plantea esta necesidad de ensoñación y fantaseo como mecanismo de supervivencia del extremado personaje. La novela ha sido emparentada con el existencialismo saertreano, pero Vargas Llosa señala una diferencia clave: Sartre postula a la existencia y su circunstancia como modeladoras de la esencia humana, en tanto Onetti apuesta por lo contrario: para él y sus personajes hay una esencia cruel, maligna y ruin en el hombre, la cual determina su existencia.

Como periodista colaboró en el famoso semanario Marcha, dirigido por el periodista Carlos Quijano, y luego en la agencia Reuters, donde conoció a la holandesa Elizabeth María Pekelharing, con quien se casó en 1945 y tuvo a su hija Isabel María. El escritor permaneció en esa agencia hasta 1955 mientras continuó publicando relatos además de dos novelas, Tierra de Nadie (1941) y Para esta noche (1943). Pero fue a partir de la publicación en 1950 de su tercera novela, La vida breve —con la invención de su ciudad literaria: Santa María—, cuando el mundo onettiano logró perfilarse con plenitud artística. En el relato previo La casa en la arena, publicado en el diario La Nación en 1949, Onetti había ya esbozado esa ciudad, pero es en esta novela donde desarrolla la génesis de su fundación e inicia su historia.

El protagonista de La vida breve, José María Brausen lleva una vida en apariencia tranquila pero marcada por la trágica enfermedad de su51d0540fab209_298x402[1] mujer, sometida a frecuentes y mutilantes operaciones; por ello Brausen ambiciona otra vida, quiere simplemente ser otro. En su fuga se convierte en amante de una vecina hasta mudarse a su departamento y, finalmente, descubrir la escritura como redención y posibilidad de creación de ese ambicionado mundo personal y diverso. Brausen-Onetti-Dios crea así la ciudad de Santa María, de la que derivará un universo literario completo, interconectado orgánicamente y continuado en sus siguientes relatos y novelas. Un escenario narrativo poblado por personajes característicos, los cuales viven, cambian, desaparecen y reaparecen a la manera balzaciana a lo largo de la extensa obra, pero sólo eso asemeja al drama onettiano con la comedia del francés, en tanto la literatura de Onetti no es tumultuaria ni masiva, se sucede en pequeños cuadros escénicos aislados, a veces en monólogos un tanto distantes del acontecer social, marginados del flujo de la historia, sucedidos en una realidad paralela y autónoma.

Mientras fue director de la biblioteca de su país, Onetti publicó las novelas Los Adioses (1954), Para una tumba sin nombre (1959), La cara de la desgracia (1960) y la muy célebre El Astillero (1961), una de sus novelas mayores y por la cual recibió el premio uruguayo de literatura en 1962. Casado por cuarta vez con la argentina Dorothea Muhr, Onetti persistió en narrar la saga de Santa María en las novelas Juntacadáveres (1964), La muerte y la niña (1973), y en variados relatos clásicos como “El infierno tan temido”, “Jacob y el otro” y” La novia robada”, donde la vida y los personajes de esa ciudad se perfeccionan.

La llegada de los militares al poder llevó a Onetti a la cárcel, de donde sólo fue liberado luego de una amplia recolección de firmas por parte la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Ya libre realizó algunos viajes y terminó por exiliarse en Madrid en 1975; tenía 66 años, estaba agotado y, en sus propias palabras, «ya sin nada que decir». No tan inusitadamente, a juzgar por la calidad de su obra publicada hasta entonces, en la capital española «renació como escritor» y los lectores y la crítica lo redescubrieron en obras anteriores y en nuevas novelas como Dejemos hablar al viento (1979), en la cual, —paradoja literaria—, Onetti destruyó Santa María mediante un gigantesco fuego provocado por «un incendiario personaje pelirrojo». En 1980 fue reconocido con el Premio Cervantes, pero Onetti jamás regresó a Uruguay a pesar de que, tras la salida de los militares del poder y la llegada del presidente José María Sanguinetti, su obra recibió el Gran Premio Nacional de Literatura.

Onetti[1]A partir de 1985 Onetti se recluyó junto con su esposa en su modesto departamento de la Avenida de las Américas en Madrid. Algo enfermo, saturado de medicamentos, asiduo al whisky de malta y adicto al cigarro, vivió como sus personajes, entre café, humo y libros; recostado y escribiendo, cuando tenía ganas, la memoria de Santa María en servilletas y trozos de papel. En el diario español El País publicó algunos de sus últimos relatos “Jabón”, “Montaigne” y “El árbol”, y Alfaguara editó sus dos últimas novelas Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993), donde reitera la desolación santamariana. Ni la adversidad o la enfermedad, ni el tabaco o los jaiboles acabaron con él. Desde la cama española de su soledad y su vejez, y desde su muy ganado desdén uruguayo por la estupidez mundana, Onetti se murió cuando le dio la gana, a los 84 años, un 30 de mayo de 1994, hace 20 años.

No sólo el pesar, la desesperación y la desdicha viven en los textos onettianos, su grandeza radica en que tras la ruindad del mundo descrito, pervive la epifanía de la belleza literaria, la felicidad por los inapreciables dones de la escritura como arte mayor.

«Y bien ¿cuál es el mensaje de su novela?», cuestionaron a Onetti. Contestó: «Si necesita un mensaje use la Western Union».

 

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