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Además de desterrar el paganismo y convertir a los indígenas a la fe monoteísta del cristianismo católico, otra de las preocupaciones fundamentales de los misioneros y frailes evangelizadores de los pueblos indígenas americanos fue el reordenamiento del concepto de sexualidad, mediante la represión de las prácticas sexuales autóctonas, su replanteamiento y adecuación a la norma eclesiástica impuesta, y su rígido control mediante conceptos tan ajenos a los indígenas como la culpa y el pecado.

El cristianismo católico y medievalista que la iglesia española implantó en América, dedicó una parte importante de su doctrina precisamente a trasladar al Nuevo Mundo las estrictas reglas de comportamiento sexual promovidas en sus textos originarios, redefinidas además con mayor vigor y rigidez a partir del Concilio de Trento de 1563, destinado a reorganizar a la Iglesia y fortalecer sus tradiciones ortodoxas ante el alejamiento del pueblo europeo de las prácticas religiosas tradicionales y el consecuente relajamiento de las costumbres, así como ante el surgimiento del protestantismo (“el quejoso” Lutero), de diversas ideas humanistas y de librepensadores radicales que cuestionaron los fundamentos de la jerarquía católica vaticana enriquecida y ambiciosa, corrupta y de enorme poder político.

La ávida imaginación de los primeros descubridores y conquistadores llegados al Nuevo Mundo, predispuesta a encontrar las realidades más inconcebibles en los nuevos territorios, supuso la existencia de tierras riquísimas habitadas por tribus de “buenos salvajes” y seres fantásticos de prácticas sexuales heterodoxas, paganas y contra natura. Así se habló de islas de hermafroditas, de hombres antípodas que andaban de cabeza, pueblos de gigantes sodomitas y hombres de falos descomunales, con el rostro en el pecho o el ombligo, hombres perros, corcovados o de un sólo pie, además de islas de pegazos, gárgolas, unicornios y demás zoología fantástica.

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Lo cierto es que sobre la sexualidad prehispánica, las prácticas, usos y costumbres sexuales de los pueblos precolombinos sabemos poco y mal, porque estos datos han sido conocidos a través de narraciones, recuperaciones antropológicas y relatos orales filtrados ya por traducciones, adaptaciones no sólo al español, sino también a los estrechos marcos de la mentalidad occidental de entonces cuando no de plano censurados.

No obstante, hay acuerdo general en torno a ciertos aspectos de las prácticas sexuales prehispánicas, como la existencia de la poligamia, la unión matrimonial —en la cual sólo la primera mujer era considerada verdadera esposa y sus hijos los herederos legítimos—, el concubinato, el incesto, el adulterio —que sólo se realizaba con una mujer casada, ya que los hombres, aún casados, podían tener diversas relaciones sexuales con mujeres solteras—, además de conductas como el bestialismo y la sodomía.

No es difícil imaginarse la actitud represora de frailes y misioneros ante estas prácticas y usos, más si pensamos en la regla fundamental de la sexualidad promovida por la Iglesia contra-reformista española, que señalaba tajantemente a la carne como al demonio enemigo y al espíritu como el atormentado dios que debía vencer las tentaciones. Por ello la Iglesia castigaba por igual las prácticas, los sueños y los pensamientos considerados lujuriosos confesados por los indígenas tras un sofisticado y guaruresco interrogatorio basado en la represión, la culpa, el tormento mental, la promesa de la absolución y el perdón, y otros mecanismos inherentes a la confesión cristiana, procedimiento represivo efectivo y fundamental para el trastocar y desmantelar la antigua mentalidad indígena y su consecuente reordenamiento, sujeción y sumisión a los nuevos preceptos redentoristas del occidente cristiano.

ErosPrehispanico[1]

Una información pertinente y documentada sobre este importantísimo proceso de transformación de mentalidades y prácticas sexuales, se reúne en un libro convertido en texto clave sobre el tema desde su publicación hace más de diez años: Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica. Siglos XVI y XVII, que reúne una serie de ensayos coordinados por Asunción Lavrín, con estudios sobre la Nueva España, Venezuela, Brasil y Argentina. Las investigaciones profundizan en temas como el honor, la confesión, el pecado y la culpa, la brujería sexual, el divorcio, los procesos inquisitoriales, la represión sexual y otros variados aspectos de este interesante y revelador asunto. Todo el material apunta a documentar el papel que la Iglesia y la religión católica jugaron, particularmente en el terreno de las relaciones sexuales y conyugales, para lograr su adecuación a la norma católica impuesta y su integración a las relaciones sociales autorizadas en la Nueva España, lo que es decir para la obtención y mantenimiento de un statu quo favorable al sometimiento, dominio y explotación de los indígenas y las riquezas naturales de sus tierras.

EducacionSm[1]